martes, 20 de noviembre de 2012

PREMIO SOLO 4: PRIMER LUGAR


Familia de cuervos

Augusto Effio Ordoñez

Mi tía Olga ha sido, desde siempre, la rara ave de la familia de cuervos en la que crecí: distraída, amable, frágil y, sobre todo, ajena a los reproches. Nadie como ella para mantenernos a salvo de lo que merecemos. El tío Alfonso, por ejemplo, dejó su puesto en el gobierno entre rumores de festines y desfalcos, y pasó un par de meses protegido por su hermana antes de que se lo tragara la tierra. También Gonzalo, el mayor de los primos, que nadie sabe cómo es que se graduó de médico, fue acogido por Olga cuando se descubrió su gusto por dejar gasas y tijeras en los cuerpos de sus pacientes. Ni qué decir de su providencial intervención para salvar a Casilda, disciplinada usurera de memoria antojadiza, que olvidaba anotar los pagos de sus clientes hasta que una vecina con cierto talento para las sumas y restas se negó a seguir pagando cuotas repetidas, y tomó costumbre de esperarla en la puerta de su casa con un hacha. Y así, tarde o temprano, todos los cuervos hemos recurrido a ella cuando nos urge un poco de clandestinidad. Por eso, cuando Óscar dijo que debía esconderme por un tiempo, todos coincidimos en que ella era mi única alternativa de refugio. Oscar es mi abogado y, desde que firmé esos papeles en el Banco donde trabajaba y trasferí dinero que no me pertenecía a mis cuentas, quiero creer que es mi mejor amigo.
Mientras hacía mis maletas, traté de hacer un inventario de los brumosos recuerdos de los días que viví junto a la tía Olga. En casa de los abuelos, sólo reparábamos en su presencia cuando un cólico, vinagrera o mal de ojo nos impedía seguir con nuestras vidas. Ella servía infusiones de hierbas arrancadas del jardín con una mezcla de ternura y resignación. Sanado el cuervo de turno, volvía a ser ignorada. Recordé, además, que no se despegaba de Dalila, la gata obesa y altiva que la abuela le regaló para que le hiciera compañía. De un día para otro, Olga anunció que se casaba con un tal Fermín Zúñiga, el vendedor de enciclopedias al que el abuelo, el cuervo mayor, había embaucado con doce tomos del imperio romano que nunca tuvo pensado pagar. Se enamoraron porque ella era la encargada de espantar sus cobros. Nos alegró que dejara la casa para irse a vivir con el tal Fermín, en especial porque ya nadie soportaba que los sillones de la sala, colonizados por el eterno cansancio de Dalila, nos dejara la ropa olorosa a algo parecido al azufre. Las contadas noticias que nos llegaron de su nueva vida fueron objeto de la ruidosa sorna de los cuervos. Sus hijos fueron bautizados como Teodosio, Pompeyo, Uránida y Constantina. Ni la gata se liberó del apetito de erudición del vendedor de enciclopedias. En una de sus última visitas, la tía nos contó que habían decidido llamarla Augusta.
Llegué a casa de Olga un domingo en la noche. Me recibió una sombra en bata que se limitó a mostrar pasadizos y puertas abiertas. Esa madrugada la pasé sin pegar un ojo. No es que el remordimiento me arrojara al desvelo, de ninguna manera. Es que la habitación que me asignaron, llena de trastes y oscuridad, me pareció inundada por un ligero amago de hedor, de pestilencia postergada que no lograba identificar. Callé porque sabía que no estaba en posición de dejar asomar ninguna queja. A la mañana siguiente, el soplo avinagrado que me dio la bienvenida se expandía por toda la casa. Era la hora en que se desperezaba para tomar nuevos bríos de pestilencia. Mientras sorbía el desayuno sin el menor apetito, una veintena de gatos salió de la nada para acomodarse alrededor de la mesa. Fueron presentados como los hijos de Augusta. Olga trató de indicarme sus nombres estirando un índice huesudo y deforme. Como todos repetían los mismos nombres rebuscados de sus hijos, solo los distinguí por sus pelajes: pardos, negros, grises, blancos. Con el paso de los días descubrí que ella los cuida con más dedicación que a sus hijos y esposo. En realidad, sería más exacto decir que los verdaderos dueños de casa son ellos, los gatos: meneando sus colas y sus ojos impacientes mientras toman una merienda a cualquier hora del día, durmiendo falsas siestas sobre el piso, la mesa, los platos o los obedientes regazos de los Zúñiga y, sobre todo, defecando donde les viene en gana, bajo la sombra protectora de los ojos llenos de amor de mi tía.
Le pedí a Óscar que llamara de madrugada para ponerme al tanto de los avances del juicio. No vayas a salir de esa casa, te están pisando los talones, me advirtió. Si puedes, aprende a jugar con ovillos de lana, agregó, como si la situación estuviese para bromas. Era la única persona que escuchaba mis quejas y debía estar cansado de mis lamentos de asilado en la enorme caja de arena que es la morada de los Zúñiga. Al inicio hice el esfuerzo de sobrellevar la mala digestión y los vapores de cansancio de los gatos —sabía que me convenía tenerlos de mi lado—, pero fueron ellos los que me declararon la guerra. Orinaron mi almohada, rasgaron mis zapatos y tumbaron mi lámpara tan a menudo que, finalmente, me acostumbré al brillo de sus ojos como la única luz tolerable. Un mal día junté el coraje para decirle a mi tía todo lo que pensaba de esos animalejos. Apenas terminé supe que había cometido en gran error. Ella mordió una frase que no terminé de entender. Algo acerca de todos los malagradecidos a quienes había tenido que ayudar. Se repuso de inmediato con una sonrisa limpia y prometió que me prepararía una infusión que me haría ver el mundo de otra manera.
Con el pasar de los meses, las llamadas de Óscar empezaron a distanciarse. Temí que el Banco hubiese atado los cabos necesarios para dar con mi paradero. Igual, estuve atento todas las noches, dormitando al lado del teléfono, arrullado por la fragancia de los Zúñiga. Una de esas madrugadas me pareció escuchar entre sueños los timbrados que ya empezaba a desconocer. Desperté y hallé a los gatos arremolinados en torno al auricular descolgado. Intenté acercarme pero sus maullidos de escarnio me inmovilizaron. Esa noche aprendí a respetarlos. Desde entonces, mi principal ocupación ha sido deambular por la casa siguiendo la ruta de la sombra huidiza de sus colas. Me pregunto por las fechorías que ellos están purgando en las cuatro paredes de donde jamás podremos salir. Al plegarme a sus rutinas, he descubierto el universo que habita debajo de las camas y la ventaja de las uñas largas para rebanar los alimentos. No sé si el encierro me ha hecho ceder al delirio, o son los efectos secundarios de la paz que me prodigan los brebajes que me sirve Olga. Si así fuera, estoy agradecido de saber que mis únicas preocupaciones tienen que ver con la nostalgia por las azoteas que dejé pasar en mi vida anterior, y los mensajes de alerta que provienen de mis bigotes.
Hoy, después de tomar una siesta, despierto con la sensación de estar curado y lloro de alegría cuando mi tía me atrae en un abrazo hacia sus pechos. Con la mirada complaciente de su esposo, me dice al oído: tú, te llamarás Tiberio.


Augusto Effio Ordóñez



Nació en Huancayo en 1977. Ha publicado los conjuntos de relatos “Lecciones de origami” (Matalamagna, 2006) y “Dos árboles y otras formas de internarse en la niebla” (Acerva, 2011). Fue finalista del Premio Internacional de Cuento Juan Rulfo en 2007, obtuvo el Copé de Plata en 2004, ganó el concurso de cuentos organizado por Librerías Crisol, en 2003, y fue finalista en tres ocasiones del certamen “El cuento de las mil palabras” de la revista Caretas.

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