domingo, 25 de noviembre de 2012
Solo 4, “445”, del 24 de NOVIEMBRE de 2012, año IX
LA CITA:
«Si la memoria existiera fuera de la carne, no sería memoria, porque no sabría de qué se acuerda, y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser, y si yo dejara de ser, todo el recuerdo dejaría de ser.»
William Faulkner
LO ÚLTIMO: Desde Bach a The Beatles en Huancayo
Musnat, Escuela de Música Natural, en un extraordinario esfuerzo por llenar de melodías nuestra ciudad, presenta hoy y mañana (24 y 25 de noviembre) el concierto “Desde J.S. Bach a Beatles”, en el cual podremos disfrutar de música clásica y contemporánea, desde las 7:00 pm (6:30 pm mañana), en el Auditorio de la Municipalidad de Huancayo.
Axel Arteaga, concertista de piano del Conservatorio Nacional de Música, interpretará piezas de Chopin, Mendelssohn, Rachmaninoff y Bach. Y el director musical, Paul Arteaga, encandilará a la audiencia con temas de Elvis Presley, y por supuesto, The Beatles. No deje de asistir a este concierto de lujo.
El placer de dormir
Eduardo Gonzalez Viaña
Recuerdo haber leído alguna vez un artículo científico en el que se afirmaba que los chinos no son chinos; lo que pasa es que se levantan tarde. Lo traigo a colación para explicar los ojos que pongo en una foto reciente en la cual estoy escuchando a un distinguido conferencista.
Debo añadir que caer dormido en medio de una sesuda charla, no significa que aquella no me pareciera interesante. Eso quiere decir, únicamente, que ya había agotado todos los procedimientos que uso para evitar la modorra.
Estaba fingiendo tomar notas hasta que el lapicero se me cayó de la mano. Me había pellizcado ambos brazos hasta que el sopor actuó como anestesia. Por último, durante minutos que fueron horas larguísimas, traté de hacer movimientos con la cabeza, como los de alguien que aprueba lo que dice el conferencista, cuando la verdad era que agitaba la cabeza para que se me fuera el sueño, hasta que mi barbilla toco el tórax y ya no pude levantarla.
Lo malo del asunto es que yo no era un espectador invisible, sino que acompañaba en la mesa de honor al interminable charlista, e incluso, minutos antes, se me había ocurrido presentarlo ante el público como ameno y entretenido. Además, la televisión me enfocaba cada vez que me posaba sobre el hombro derecho del grave hombre de letras.
Entonces, comencé a hacer fuerza mental para que el camarógrafo no me enfocara, pero el lente no cambiaba de posición, lo que me trajo el malvado pensamiento de que también ese hombre se había quedado dormido.
Ya los párpados no me permitían observar la cámara ni fingir un gesto adusto. Entonces, tuve que resignarme a la conjetura piadosa de que, tal vez, los televidentes lanzaban también breves ronquidos frente a sus receptores.
Los intelectuales “serios” confiesan, por lo general, que son malos oradores, y leen sentados sus sesudos textos. Éste, el que hablaba, era realmente serio y había cumplido al pie de la letra ese ritual. Incluso, me había lanzado una disimulada reprobación por el hecho de que yo hablara de pie, sin papel y dando vueltas por el auditorio, cuando me tocó hacer la introducción.
Ahora, sentado junto a él, apenas tuve fuerza para levantar los ojos por encima de su texto y comprobar con terror que había llegado a la página 20, y todavía le faltaban 37 cuartillas.
En honor a la verdad, y para dar satisfacciones a mi postmoderno amigo, debo confesar que este problema me ha ocurrido muchísimas veces, y que casi nunca ha tenido relación con la amenidad del espectáculo. El sueño ha venido a buscarme no solo en charlas eruditas, sino inclusive en funciones cinematográficas como “Psicosis” de Alfred Hitchcock, que vi varias veces y nunca llegué al momento en que se descubre que Anthony Perkins es el asesino.
Algo más triste me ha ocurrido en “Salomé”: siempre me he quedado dormido antes de que la bailarina llegara a quitarse el séptimo velo.
En el Senado de la universidad donde trabajo, he tenido que ir numerosas veces al baño para lavarme la cara, pero ni así siquiera he podido evitar la lenta caída de los párpados, el desplome de la nuca y el inicio de un bostezo delator cuando la primera autoridad lee las estadísticas raciales del claustro. Por fin, en un concierto de rock al que acudí en Berkeley, uno de mis ronquidos compitió en intensidad con los alaridos de un cantante desaforado.
Me acompañan en este mal, ilustres personajes. Hace algunos años, Manuel Alvar, por entonces presidente de la Real Academia Española, dio un ronquido aterrador —por sus consecuencias— durante una charla de Ernesto Sábato. He sido testigo personal, además, de cómo la esposa de Julián Marías roncaba abiertamente durante una clase del notable filósofo, quien fuera mi maestro en Madrid.
Hace pocos años, los diarios mostraron la foto de Felipe de Edimburgo con la cabeza caída sobre el plato, mientras su cónyuge, la reina Isabel de Inglaterra, leía su discurso en una cena a la que habían sido invitados por el presidente de Corea del Sur.
Más todavía, Clodomiro Almeyda, Canciller de Chile durante la época del presidente Allende, visitó al rey belga, y ambos se encerraron en uno de los regios salones durante varias horas. Sus respectivos sequitos estaban asombrados de la duración de lo que ellos habían supuesto que iba a ser una simple visita de cortesía.
Lo que ocurría es que los dos personajes pertenecían al mismo club de dormilones, y no bien se encontraron solos, cuando los ojos del monarca comenzaron a mostrar cierto sopor, el chileno le guiño el ojo y le planteó: «¿Qué le parece si echamos una pichanguita?».
Confieso que no soy tan valiente ni tan desinhibido y que, en el caso que estoy relatando, luego de haber intentado en vano que mis ojos simularan una mirada filosófica, debo haber caído en sueño devorador y delicioso. Sólo me despertó uno de mis propios ronquidos, y luego el aplauso del público que agradecía al orador por el hecho de haber terminado su discurso. Pero, ahora, que finalizo este artículo se me ocurre una idea, como dijo el canciller chileno: «¿Qué les parece si nos echamos una pichanguita, po?».
PLAN LECTOR: TRADICIONES ORALES ANDINAS N° 2
El pacto con el diablo
Isabel Córdova
rosas
En las alturas de nuestro valle, había
un pueblo muy pobre. Y para colmo, ese año, las heladas y la falta de lluvia
habían terminado con la siembra. El jefe de la comunidad estaba muy preocupado.
—Los jóvenes y los adultos se irán a
la ciudad a trabajar. Los que no podrán resistir el hambre serán los niños —le
comentó a su esposa.
—Hasta el cielo nos ha quitado la
lluvia —le contestó Josefa, con mucha tristeza.
—Soy capaz de hacer un pacto con el
mismo diablo para salvar a nuestro pueblo. Uno de los comuneros me ha contado,
que en la falda del gran cerro, un
hombre muy elegante le ha ofrecido mucho dinero. Pero él no le ha aceptado,
porque a cambio, le pedía su alma.
—Es el diablo. Ten cuidado —le dijo su
esposa, con miedo.
—Ya lo sé. Veré que trato hago con él.
—No te preocupes. El diablo se queda
chiquito frente a los políticos que nos prometen de todo. Nos dan dinero y nos
regalan camisetas con sus nombres y después, se olvidan que existimos. Pero
nosotros no somos tontos, nunca les hemos votado, porque preferimos a gente que
nos apoye —le respondió.
Domingo salió muy entrada la noche.
Tenía que estar en ese lugar a la una de la mañana, como le había dicho el
comunero.
La luna llena y los millones de
estrellas, le favorecieron en su escarpado camino hacia el cerro.
Domingo llegó puntual y en ese momento
apareció un hombre delgado, vestido de negro y ojos rojizos y brillantes.
—Buenas noches señor diablo —le
saludó.
—Nada de señor. Don diablo, a secas —le
contestó con voz cavernosa, como salida de ultratumba, y fue directo al grano—.
Estás aquí porque quieres ser el hombre
más rico de tu pueblo, ¿no es así?
—Sí, don diablo.
—¿Lo quieres sólo para ti?
—Sí, quiero todo el dinero, sólo para
mí.
—Así me gusta. ¿Sabes que tienes que
firmar un contrato?
—Sí, don diablo —respondió Domingo.
—Te convertirás en un hombre poderoso.
Te doy diez años de riquezas. Cumplido el plazo, vendrás a esta misma hora a
entregarme tu alma. Serás bien recibido en mi candente palacio —y desapareció.
Cuando llegó a su casa, encontró dos
baúles grandes, repletos de billetes y
monedas de oro.
Al día siguiente, convocó a su
comunidad y les contó lo ocurrido. Los comuneros sintieron pena y
agradecimiento por el sacrificio que había hecho su jefe. Todos prometieron
guardar el secreto.
Domingo y los comuneros fueron a la
ciudad. Compraron semillas, abono, instrumentos de labranza, víveres, ropa y
medicinas para todo el pueblo. Entre todos construyeron la escuela, la posta
médica y arreglaron sus casas. Los niños ya no pasarían hambre.
Pasaron los diez años y llegó la fecha
indicada. Domingo se fue con la misma ropa de siempre. Cargó en su burro los
dos baúles. Sólo había gastado la mitad del dinero de uno de ellos. Su esposa,
sus hijos y los comuneros, se despidieron llorando.
—No se preocupen —les dijo—, volveré
para el desayuno.
El diablo le esperaba frotándose las
manos.
—Llegas a tiempo. Nos vamos, le dijo
el diablo.
—Usted se va solo, don diablo. El
trato era que si yo me hacía rico, le entregaba mi alma.
Entonces, le dio la relación de los
gastos que había hecho, explicándole que para él no había usado ni un sol.
El diablo, de pura rabia, explosionó
junto con los dos baúles de dinero, dejando un fuerte olor a azufre. Domingo
llegó a su pueblo para tomar el desayuno.
BREVIARIO: «La producción escolar es el primer paso para una vida plena»
| Alumnos “San Pio X” en sus labores. |
En el plan curricular del 2012, el colegio
“San Pio X”, propuso que sus alumnos lograran producir distintas formas
narrativas en el año escolar. Así lo hicieron. Durante esta semana, Vilma Rojas
Orihuela, Directora Académica del colegio, y el Padre Claudio Chouinard,
Director General, nos presentaron estás fabulosas obras, que abordan con
sutileza y familiaridad los distintos aspectos de la vida del hombre y su entorno,
calcados con fluidez en cuentos, crónicas, y anécdotas.
La directora afirmó: «La producción escolar
es el primer paso para una vida plena, en los ámbitos personales y
profesionales. Si nuestros niños y jóvenes entienden, con la experiencia, que
pueden producir algo bueno, lo seguirán haciendo a lo largo de sus vidas, y
terminaran cobrando los frutos de su esfuerzo con creces».
Los responsables de este logro son profesores
del propio colegio, quienes motivaron a los estudiantes a plasmar su
imaginación sobre el papel, algo digno de rescatar, y que muy pocos centros
educativos en nuestro país estimulan con tanta responsabilidad y constancia, al
grado de publicarlas institucionalmente, reconociendo dándoles a sus nóveles autores
más impulso para seguir en la creación literaria. Nuestras felicitaciones a
este gran esfuerzo, y a todos los maestros que desempeñan esta misma labor en
todos los planteles de nuestras regiones.
POESÍA: Té para tres
En nuestra mesa de hogar
donde unimos fervores,
lenitivos y asombros;
seis manos de nieve
escriben un concierto
inesperado.
“Té para tres”,
dice la ternura.
Gerardo Garcíarosales
Huancayo Incontrastable, noviembre 14,
2012.
COLUMNA: UN MUNDO PERFECTO
Operación
Skyfall: cuando los héroes envejecen
Jorge Jaime Valdez
El agente secreto Bond, James Bond, es un personaje que
forma parte de la mitología cinematográfica. Lleva cincuenta años, desde 1962,
acumulando espectadores y fanáticos a lo largo del mundo. Fueron seis actores
quienes dieron vida al agente inglés, el primero fue Sean Connery y el último
es Daniel Craig. Entre ellos también estuvieron George Lazenby, Roger Moore, Timothy
Dalton y Pierce Brosnan.
La reciente entrega de esta larga saga es “Operación Skyfall”, y es la tercera
participación de Daniel Craig como protagonista. Después de mucho tiempo,
volvemos a ver una cinta convincente, que tiene la fuerza y la emoción de las
grandes películas.
Después de un inicio convencional, la poderosa voz de
Adele abre la historia con una animación magnética. Hacia la mitad del filme,
aparece el villano encarnado por, el ganador del Oscar, Javier Bardem, en una
actuación exagerada como el antagonista de Bond, pero que sabe darle el color y
la ambigüedad necesaria que todo buen villano debe tener. Es amanerado, pero
también sádico, rencoroso y pasional, débil mas también inteligente.
Logra que olvidemos por momentos, o al menos, que no lo
confundamos con su notable interpretación de otro asesino, más sanguinario e
inquietante: Anton Chigurh, que caracterizó en la formidable cinta de los
hermanos Coen, “Sin lugar para los débiles” —o “No Country for Old Men” en su título original—, que lo consolidó
como un gran actor y le dio su primera estatuilla dorada.
Esta presencia se luce junto a Judi Dench, y ambos logran
relegar al agente 007 un poco más atrás. Esto no quiere decir que Craig no esté
bien, todo lo contrario, es uno de los mejores Bond de la franquicia, es duro y
envejece con dignidad, no tiene el glamour de Connery ni de Moore, pero demuestra
más fuerza que ambos. Está envejeciendo, y se nota el paso del tiempo en su
rostro maltrecho, descuidado, lleno de magulladuras que su oficio, y el paso
del tiempo, le dieron. Para esta era moderna es un veterano y sede, de a poco,
a los jóvenes llenos de avances tecnológicos que se burlan de los antiguos
artefactos del disminuido detective.
Hay una crítica sutil a la tecnología. Los agentes de la
vieja guardia, encarnados por Craig y Dench, sobrevivieron a la caída del Muro
de Berlín y a la Guerra Fría, pero parecen retroceder ante los cambios del
mundo.
Las mejores secuencias del filme se encuentran hacia el
final, cuando Bond vuelve a Escocia a reencontrase con su pasado y a saldar
cuentas. Resulta simbólico, por decir lo menos, ver a los “hermanos” —los dos
son hechura de la agente M—, y a la “madre” de ambos, arreglando deudas de
sangre bajo la cruz de una vieja iglesia. Esta parte es sombría y menos
luminosa que en Turquía y China; sin embargo, está mejor.
La fotografía virtuosa de Roger Deakins se luce dándole
aires de “Cine Noir” o de Gánsteres, géneros conocidos con creces por su
director, e incluso hay referencias sutiles a la tradición del western.
Este final largo y épico, nos recuerda a “Batman, el
caballero de la noche” de Cristopher Nolan, y también a cintas anteriores de
Sam Mendes, sobre todo, “Camino a la perdición”.
Finalmente, solo queda recomendar con entusiasmo esta película,
que no da respiro a pesar de su largo metraje. Bond sigue vigente a pesar del
paso inexorable del tiempo, y Mendes, su director, supo ponerle su sello
personal a un personaje que parecía haber perdido vigencia.
PERFUME DE MUJER:
Los pasos perdidos
Alejo
Carpentier
Ruth me volvía del escenario, ahora, seguida
por un rumor de aplausos, zafando presurosamente los broches de su corpiño.
Cerró la puerta de un taconazo que, de tanto repetirse, había desgastado la
madera, y el miriñaque, arrojado por sobre su cabeza, se abrió en la alfombra
de pared a pared. Al salir de aquellos encajes, su cuerpo claro se me hizo
novedoso y grato, y ya me acercaba para poner en él alguna caricia, cuando la
desnudez se vistió de terciopelo caído de lo alto que olía como los retazos que
mi madre guardaba, cuando yo era niño, en lo más escondido de su armario de
caoba.
MICROCUENTO:
El
lobo albino
Sara Bravo
El señor Fuentes heredó el último cuadro que había
pintado su amigo, cuyo cuerpo se había encontrado mutilado y mordido en su
casa. Se trataba de un hermoso paisaje frío. En él, las ramas de los árboles
eran movidas suavemente por el viento. Había un cielo celeste con rayos
brillantes de luz que hacía buena compañía a todo al panorama albino. Las
líneas de los bajos montes blancos eran apenas nítidas. Entre ellas, y muy
cerca al pino más alto, se encontraban unos ojos de mirada intensa y unas
orejas se camuflaban con el color de los gruesos tallos. Un día, sintió que lo
estaban observando. Recorrió su casa para cerciorarse si había alguien
escondido. Hasta que llegó al cuadro y se detuvo para admirar el paisaje. Unos
minutos después, cuando comenzó a caer una intensa nevada, el lobo excavaba
para esconder su presa.
Jauja y los mitos coloniales
Armando Bravo Sáenz
![]() |
| Jauja republicana |
Es interesante ver cómo se reproducen y revitalizan, en la sociedad jaujina, los numerosos mitos que vienen desde la colonia. Activos agentes sociales intervienen para mantenerlos vigentes e, incluso, inventarlos o reinventarlos. La aparición del novísimo culto a la “primera mestiza” y la ley de la “Primera Capital”, revelan no solo la vigencia de prejuicios atávicos, sino también ignorancia de la Historia.
¿Por qué es importante examinar esta estructura de mitos? Porque han construido, a través de los tiempos, el imaginario social, y éste, como parte del subconsciente colectivo, puede construir o destruir la historia de un pueblo. Estos mitos han moldeado, laboriosa y pacientemente, los antivalores, las jerarquías, y han establecido los espacios físicos y culturales vigentes hoy.
El imaginario social puede ser motor o pesado lastre, puede impulsarnos al futuro o atarnos al pasado. Es un componente de la identidad de un pueblo, tal vez su esencia. Por ello, el mestizaje no es un problema racial, sino, fundamentalmente, cultural. Lo prueban el papel determinante que han desempeñado los mitos españolizantes en la construcción de nuestro imaginario.
Examinemos algunos mitos. «La primera capital»: esta vetusta y gastada etiqueta, ahora convertida en ley, es históricamente falsa y no nos otorga “identidad” como algunos ingenuos pregonan. Los pueblos no adquieren su identidad a través de leyes. Las dos primeras fundaciones de Jauja se hicieron a orillas del río Mantaro, en un lugar apartado de la “llacta” inca de Hatun Xauxa; de aquella no quedan ni vestigios. La Jauja actual fue fundada en octubre de 1565.
«Jauja, ciudad hidalga y valerosa»: la corona española no otorgó ese título a Jauja, son una invención junto a su “escudo”, que es la copia exacta de la heráldica de la ciudad española de Lucena.
«La primera mestiza»: posible siempre y cuando los españoles se hubieran mantenido abstemios desde su llegada a Tumbes en 1532, además ya los incas los habían madrugado —¿éstos no procrearon “mestizos”?—. Esta “primera mestiza” vivió y pensó como española, y se fue a vivir —y morir— a España.
«Jauja ciudad colonial»: la arquitectura colonial fue notable en los centros donde prosperaron las haciendas y las minas, la arquitectura monumental de Jauja es mayoritariamente republicana.
«País de Jauja»: ocurrencia de cierto alcalde que intentaba revivir la patraña medieval europea, “nueva” inscripción que nos puso en ridículo. En fin, hay pues cierta obsesión por pegar rótulos y etiquetas a Jauja.
El imaginario social fabricado por estos mitos ha producido, a través de nuestra historia, la ruptura social entre la ciudad (“española”) y los distritos. Reconstruir la unidad social implica la destrucción de esa mitología aberrante y desintegradora. No se puede construir un país, una nación o un pueblo, sobre la base de mitos. Ni puede construir su futuro un pueblo fracturado socialmente.
La identidad colectiva no es estática, la identidad de un pueblo se construye —o reconstruye— integrándola en la ejecución de su Proyecto Estratégico de Desarrollo Territorial (Provincial), es decir, debemos asumir la Historia como creación.
martes, 20 de noviembre de 2012
Solo 4, “444”, del 17 de octubre de 2012, año IX
EDICIÓN CONMEMORATIVA 444
LA CITA:
« Decir que todas las culturas son igualmente respetables equivale a afirmar que da lo mismo cruzar un río por un puente que en balsa o andando por el fondo con una piedra pesada en los brazos.»
Fernando Savater
EDITORIAL: ¡Hoy somos 444 ediciones!
En “Solo 4”, con este número conmemorativo, queremos agradecer a todos nuestros lectores, quienes cada fin de semana nos siguen y nos han situado como el medio cultural líder de nuestra región.
Desde hace más de 9 años, “Solo 4” les ofrece los más variados artículos y crónicas, y todas se las debemos a personas que desde un inicio nos han apoyado: Héctor Mayhuire y Arturo Campos, Director y Gerente de Diario Correo, perduran avalando este proyecto para que podamos continuar en la brega.
Josué Sánchez, Jorge Jaime, Sandro Bossio, y Juan Carlos Suárez, columnistas, amigos incondicionales y hoy pilares de nuestras ediciones.
Agradecemos a Luis Cárdenas Raschio, inolvidable, Alberto Benza, Diana Casas, Jhony Carhuallanqui, Carlos Mendoza, Roberto Loayza, Isabel Córdova, Manuel Perales, Pio Altamirano, Carlos Villanes, Máximo Orellana, Zein Zorrilla, Esteban Quiroz, Juan Carlos Lázaro, Alberto Chavarría, Pedro Guillén, Apolinario Mayta, Katerine Retamoso, Willy Mateo, y muchos intelectuales más, que han aportado significativamente al desarrollo de nuestro suplemento. Y por supuesto, no podemos olvidar a los editores que nos antecedieron: Jaime Bravo, Edvan Ríos y Fernando Rojas.
Esta es una edición de colección, ocho páginas por nuestras 444 ediciones.
Además, presentamos oficialmente a los ganadores del I Concurso Nacional de Cuento “Premio Solo 4”, convocado el marco de las festividades por los 50 años de fundación de Diario Correo de Huancayo, y como parte de las celebraciones por nuestra edición 444.
Hoy festejamos nuestras más de 1800 páginas escritas, más de 4000 artículos publicados, y nuestros más de 200 colaboradores que han hecho posible llegar hasta esta edición. ¡Gracias!
Los cuentos ganadores del “Premio Solo 4”
Juan Carlos Suárez Revollar
Una de las cosas más gratas de ser parte de la organización de un concurso literario es que, además de lograr un buen número de participantes, se dé a conocer relatos de altísima calidad. Es el caso del primer concurso de cuento “Premio Solo 4”, cuyos tres miembros del jurado —Isaac Goldemberg, Fernando Iwasaki y Eduardo González Viaña— avalan con su destacada trayectoria la elección de los trabajos ganadores, que se publican por primera vez en esta edición especial número 444.
El cuento triunfador es “Familia de cuervos”, de Augusto Effio Ordóñez (1977), un escritor huancaíno asentado en Lima desde hace varios años. Se trata de un relato fantástico que sigue el estilo característico de su autor: personajes insólitos que viven al margen y cuya historia se asienta sobre el uso de una cuidada técnica y un lenguaje vigoroso.
No es su primer relato de esta naturaleza. Autor de los volúmenes de cuentos “Lecciones de origami” —cuyo cuento principal le dio el Copé de plata en 2004— y “Dos árboles y otras formas de internarse en la niebla” —fue finalista del Premio Internacional Juan Rulfo con “Dos árboles”—, Effio Ordóñez sitúa varios de sus cuentos en San Cristóbal, una ciudad provinciana imaginaria, que siguiendo la línea de Yoknapatawpha de Faulkner, Macondo de García Márquez o Santa María de Onetti, se enriquece con cada nueva historia, cada nuevo personaje, y pincelada a pincelada, va ampliando sus fronteras hasta hacerse tangible como las ciudades verdaderas.
Pero si bien “Familia de cuervos” comparte el aliento de estos cuentos, no tiene, en cambio, una ubicación geográfica determinada. El peculiar retrato de cada miembro de esa familia, con ironía y fino humor, hace que la tía Olga se muestre como la más normal de todas, aunque a todas luces es ella, en realidad, el personaje marginal. Se trata de uno de los mejores cuentos de Effio Ordóñez, escritor que, me apuro en afirmar, es el cuentista más talentoso que ha dado Huancayo.
“Balacera”, el segundo lugar, obtenido por Luis Palomino Castillo (Lima, 1991), hace un contrapunto de los diálogos de una pareja. Es un cuento en que ambos personajes-narradores relatan su historia a un(os) oyente(s) ficticio(s) cuya única participación es escuchar. La técnica narrativa, matizada por la psicopatía de los protagonistas y el desparpajo con que lo cuentan, le da mucha originalidad. Hay una jerarquía similar entre los dos narradores. El éxito del cuento estriba en su correspondencia para trazar la historia. Este texto refleja un promisorio futuro de su autor, un joven estudiante de periodismo, a quien habrá que prestar especial atención, en particular a su primera novela, todavía en redacción.
El tercer lugar, otorgado al escritor Héctor Meza Parra (Jauja, 1963) por “El escudo”, es un simpático relato autobiográfico que recrea, en clave de ficción, un episodio de la adolescencia del autor. Tras la aparente simplicidad del relato destacan una serie de similitudes y contrastes —por ejemplo, entre las letras idénticas del escudo y el parecido físico entre el padre y el hijo—. Pero hay más, como el viaje emprendido por el protagonista para conocer a su padre y reclamarle el tiempo perdido, que es una suerte de retorno al pasado y, como en las novelas de aprendizaje, significa una dislocación en la personalidad del adolescente que lo obliga a madurar. Meza Parra recurre al humor —más oscuro de lo habitual, tan diferente de sus otras historias, como la divertidísima novela “Los mataperros”— para hacer un ajuste de cuentas con sus recuerdos.
Los tres cuentos ganadores, además de los cuatro finalistas, son una muestra del buen momento que atraviesa la actual narrativa de nuestro país. Nos llena de orgullo que varios de ellos compartan la misma tierra de la región centro como lugar de origen. Saludamos al “Suplemento Cultural Solo 4” por su edición 444 y al diario Correo por sus 50 años, pues fueron el feliz pretexto para la realización de este concurso, cuyos ganadores aportan con una ráfaga de frescura a nuestra literatura.
MÁS DATOS:
Esta es la lista de ganadores y menciones honrosas del “Premio Solo 4”:
Ganadores:
Primer premio: “Familia de cuervos” de Augusto Effio.
Segundo premio: “Balacera” de Luis Francisco Palomino Castillo.
Tercer premio: “El escudo” de Héctor Meza Parra.
Menciones Honrosas:
“Cabalgando en el rayo” de Kevin Mendoza Villafuerte.
“Subterráneo” de Roy Alfonso Vega Jácome.
“Declaración ex post” de Erwing Juan Miguel Ruiz Flores.
“Querida Myriam” de Marlon Enrique Caro Ojeda.
COLUMNA: EL BUEN SALVAJE
444… Y es el inicio
Sandro Bossio Suárez
Hace poco vi una película, relativamente buena, que tiene como centro dramático al número 444: a esa hora de la madrugada el mundo acabará. La narración es lenta, el ambiente claustrofóbico, las situaciones desesperantes. Un viejo actor (un imponente Willem Dafoe) y una joven pintora (una suave Shanyn Leigh), al saber que se acerca el final, deciden pasar sus últimas horas encerrados en su departamento de Nueva York. Ella está tranquila, es budista, espera con resignación la muerte. Él, en cambio, está desesperado, no termina de aceptarlo y espera un milagro. Mientras tanto, a través de Internet se van comunicando con los amigos, familiares, conocidos, incluso con personas ajenas que han formado comunidades de rezos masivos, cánticos, suicidios múltiples. Un film ciertamente apocalíptico.
Pero el 444 no sólo es presagio del fin del mundo. También lo es del inicio, de la renovación, y por ello lo prefiero cabalísticamente así: en el año 444 San Patricio fundó la ciudad irlandesa de Armagh y, también 444 años antes de nuestro tiempo, cuando Artajerjes, rey de Persia, subió al trono, Daniel anunció una época de renovación con la llegada de un mesías.
Renovación como la que se vislumbra con esta edición del suplemento cultural “Solo 4”, que continúa creciendo, rebrotando, ganando seguidores todas las semanas.
En estos largos nueve años el suplemento ha sido una cantera de crónicas, entrevistas, notas, bitácoras, críticas, balances, y se ha convertido en un verdadero torrente luminoso de columnas, testimonios y homenajes.
En este tiempo el semanario ha cambiado, se ha nutrido con nuevos críticos y comentaristas, y se ha convertido en el único continente peruano (y uno de los pocos hispanoamericanos) de microcuentos.
Sin embargo, algo permanece incólume desde su primer número: “Perfume de mujer”. Más de 444 escenas eróticas (y decimos más porque tuvimos un especial de literatura erótica donde sacamos una página con decenas de estas maravillas) arrancadas con sutileza de las más grandes obras literarias de la humanidad.
Pese a todo, a quienes desde el principio esperaban el final de nuestras páginas, vaticinamos más espacios lustrales, más brillo, más conocimiento para nuestra región. ¡Salud “Solo 4”!
Cuando la calidad se impone
Isabel Córdova Rosas, desde Madrid
«La cultura no es patrimonio de un grupo, es de todo el pueblo» y esta sentencia se aplica en el Suplemento Cultural “Solo 4”, del prestigioso “Diario Correo”.
Nace a mediados de julio de 2003. Desde entonces han pasado notables profesionales dirigiendo este medio cultural. Cabe mencionar al destacado periodista Juan Carlos Suárez Revollar, que impulsó este suplemento, llevándolo con seriedad y responsabilidad.
Desde hace dos años, “Solo 4” se ha propuesto continuar y ahondar más en esta importante difusión cultural, invitando a los escritores, poetas, pintores, directores de teatro, artesanos, folcloristas, músicos, historiadores e investigadores, con la finalidad de revalorar y dar a conocer el desarrollo de la cultura de esta parte del Perú.
Su extraordinaria participación traspasa las barreras de las ciudades, va más allá, a los pueblos alejados, olvidados por nuestros gobernantes. Pero “Solo 4” está presente en los hogares más necesitados. Imprescindible en las escuelas donde no llegan los libros y los profesores lo utilizan para desarrollar el plan lector y a un precio mínimo, asequible a estas familias humildes, pero con ansias de conocimientos.
Gracias a “Solo 4”, estos niños y jóvenes se abren a la vida y al futuro. Enterándose de nuestra historia, de las producciones de grandes escritores, artistas, artesanos y folcloristas, permitiéndoles ampliar sus horizontes intelectuales, traspasando las barreras geográficas, conociendo diferentes sociedades y culturas. Y con el valioso aporte del “Diario Correo”, los pobladores se pondrán al día de los acontecimientos más trascendentes en lo político, social, económico y religioso.
La difusión de estos conocimientos hará que los niños y jóvenes de estas zonas lleguen a tener una concepción más amplia de su región y del país. Además, tendrán una visión clara de su realidad local y se sentirán orgullosos de tener una historia, costumbres, mitos, leyendas, creencias y tradiciones orales, y que en un futuro próximo, se convertirán en grandes emisarios literarios de sus pueblos.
Al respecto, alguien dijo: «El niño que hoy lee será un adulto que piense». Sabemos que la falta de cultura es un caldo de cultivo de la violencia, el racismo, la insensibilidad, la intolerancia, la discriminación y la soberbia.
Luis Puente de la Vega Rojas, editor de “Solo 4”, es un sobresaliente gestor cultural, su apoyo incondicional a las diferentes actividades culturales que se realizan en nuestra incontrastable, es digno de mención: exposiciones pictóricas y fotográficas, presentaciones de libros, talleres de pintura y literatura, presentaciones musicales, festivales de cine, concursos literarios, donaciones de libros y otros importantes eventos.
Su juventud, entusiasmo y el amor por nuestra tierra Wanka no tiene parangón. El año pasado convocó al I Concurso Nacional de Microcuento “Premio Solo 4”, teniendo una maravillosa acogida por los creadores de nuestra región, y como él mismo afirma: «Microcuento es lograr inventar una historia y narrar sólo su esencia».
Este año convocó el I Concurso Nacional de Cuento, “Premio Solo 4”, obteniendo un rotundo éxito. Se presentaron 429 escritores del Perú y del extranjero. El jurado estuvo integrado por connotados escritores: Eduardo Gonzáles Viaña, Isaac Goldemberg y Fernando Iwasaki. Un certamen lleno de calidad desde su formación.
Nuestras felicitaciones a “Solo 4” y a su edición 444, por entregarnos cada sábado los acontecimientos culturales más importantes de nuestra región. En Madrid, somos los primeros en leerlo y gracias a internet, nuestros compatriotas de España y del mundo, pueden enterarse de los sucesos culturales de la región Central y del Perú.
COLUMNA: DESDE AL ATELIER
Dos pintores frente a la muerte
Josué Sánchez Cerrón
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| Pintura: Valentine – Por: Ferdinand Hodler. |
Ferdinand Hodler nació en Bern Suiza, en 1853. Junto con Arnold Bocklin, encabezó la vanguardia pictórica suiza del siglo XIX, siendo influido por Corot y Courbet. De estilo llano y lineal, se sintió atraído por el simbolismo y el Art Nouveau. A partir de 1895 abordó temas históricos y mitológicos en cuadros de gran formato, como los que se conservan en la Universidad de Jena y en el Ayuntamiento de Hannover.
En 1893, el Kunsthaus Zürich, uno de los más importantes museos de Suiza, que mantiene una exposición permanente de un significativo número de obras de Hodler, realizó una muestra de la totalidad de las obras de este gran pintor conservadas en otros museos del mundo, como punto culminante de una gira que incluyó con anterioridad Berlín y París.
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| Pintura: Otilia Mayo – Por: Florentino Cabrera. |
Una serie de dibujos y pinturas que recogen la agonía y la muerte de su esposa Valentine, me resultaron particularmente inquietantes, Hodler había logrado captar la dolorosa soledad de la muerte, la pérdida paulatina de la conciencia y los precisos momentos en que, como diría Rulfo, el tenue hilito de sangre que ataba a Valentine a la vida habíase roto.
¿Qué motiva efectuar una crónica tan descarnada de la muerte de un ser querido? ¿El deseo de apresar su memoria? ¿De exorcizar a la muerte? ¿De conjurar la propia agonía?
Lejos de ahí, en otro continente, muchos años después, otro pintor hacía lo mismo. Era 1970, Otilia Mayo moría, y su hijo, Florentino Cabrera, casi tan agonizante como ella, deslizaba su grafito sobre el papel, registrando cada momento de la amada vida que se escapaba.
Nacido en Huancayo en 1942, Cabrera es uno de los pintores más versátiles de su generación. Lo rural y lo urbano, las costumbres, el paisaje y el retrato: todo está presente en su luminosa pintura. Es de resaltar su dominio de la técnica y particularmente del retrato. Así como su recurrencia en el tema femenino.
Para Cabrera la figura de la mujer evoca las virtudes mayores del ser humano: el amor, la ternura, la laboriosidad, la fuerza interior. Como es de esperar, la madre resume todas ellas.
Dos pintores. Dos mujeres. El amor. La muerte. Y la creación. Cuando el ser que se ama muere y la muerte se convierte en pintura el resultado es un estremecedor documento humano.
Hoy, Florentino Cabrera Mayo descansa al lado de su madre, nos quedan el grafito, el pincel y sus recuerdos que dibujaron la vida.
SALUDOS POR LAS 444 EDICIONES:
Hace 444 semanas
Héctor Mayhuire Castro
Hace 444 semanas pregunté: «¿Pueden hacer un suplemento cultural?». 4 amigos me respondieron que sí, y así nació “Solo 4”. A todos ellos y quienes continuaron con el paso del tiempo colaborando con nuestro suplemento, mis felicitaciones. ¿Cuándo morirá?, no lo sé, pero todo es posible.
444 razones más
Carlos Villanes Cairo
¿Qué está pasando en el Perú que la cultura tiende a convertirse en la sobra del festín de los políticos? Deja morir de hambre a sus poetas, mientras permite que plagiarios como Bryce no respeten la ética por un puñado de dólares. Con tantos periódicos, en Lima y en provincias, no hay un solo suplemento literario, salvo Solo 4 de Huancayo, voz vibrante ante la orfandad y la indiferencia. Por eso y por 444 razones más, estrecho mi corazón wanka con quienes lo hacen posible. Felicitaciones.
Muestra de juventud
Gerardo Garcíarosales
“Solo 4” es una muestra que la juventud ha empezado a cambiar viejas bohemias innecesarias. Estamos orgullosos de ustedes. Este es el fruto de la experiencia de algunos mayores, y la calidad de jóvenes profesionales. Saludamos esta creación. ¡Felicitaciones!
Cuatrocientos cuarenta y cuatro
Enrique Ortiz Palacios
Fueron cuatro los hermanos que fundaron ese Imperio llamado Tawantinsuyu. Cuatro los puntos cardinales que nos orientan cada vez que nos perdemos en el ocaso. Son cuatro las páginas que durante muchos sábados nos brindan la oportunidad de hacernos más humanos, porque SOLO la cultura es el catalizador que empuja y aviva el pensamiento crítico que tanta falta nos hace.
¡Gracias “Solo 4”!
Clodoaldo Reyna
Desde Pariahuanca, reciban el saludo y agradecimiento a todos ustedes, amigos que laboran en el Suplemento Cultural “Solo 4”. Gracias a ustedes nuestros estudiantes, niños, niñas y adolescentes, olvidados por el gobierno, tienen una opción más para disfrutar de la lectura, y conocer más sobre nuestra cultura.
Un abrazo a la distancia y ¡sigan adelante!
PREMIO SOLO 4: SEGUNDO LUGAR
Balacera
Luis Palomino
Castillo
—En serio, lo que más me gustó de la
casa fue su iluminación. Tenía unas bonitas arañas colgando del techo. Eran
unas luces amarillas que le daban un bonito tono a la sala. Me hacían sentir
como en una película. A veces, me quedaba sentada en el comedor observando mi
reflejo en el gran espejo que habíamos colgado sobre la pared para que el lugar
se viera más espacioso.
—Le tenía miedo al matrimonio. No era
algo que yo consideraba necesario. Pero Roberta no paraba de hacerme
insinuaciones, ni de hablarme de lo mal que se sentía cuando se daba cuenta de
que sus amigas iban dejando de llamar «enamorados» a sus parejas y pasaban a
decirles «esposos». A mí me aterraba la idea de que Roberta me llame esposo. No
quería ser su esposo. Aquella formalidad, que parecía que la volvería la mujer
más feliz del mundo, me desconcertaba.
—Me esmeraba en cocinarle sus
platillos favoritos. Si me decía que se le había antojado comer tallarines a lo
Alfredo, yo, inmediatamente, iba al supermercado en busca de pastas y de salsa
blanca. Por las noches, nos sentábamos en el sofá de terciopelo mostaza que
habíamos comprado hacía poco y veíamos películas. Recuerdo que había insistido
en comprar uno de tipo leopardo, pero
a mí, sinceramente, me pareció ridículamente excéntrico. Para compensarlo,
dejaba que él escoja lo que veríamos.
—Agradecía el no estar desempleado.
Tenía un trabajo al cual podía ir para no verle más la cara a Roberta. Sin
darme cuenta, me fui volviendo adicto. Me quedaba revisando los más mínimos
detalles de las finanzas. Rellené mi agenda con actividades innecesarias.
Comencé a asistir a actividades culturales. Ella se dio cuenta de que la
evitaba. Me acusó de no haber superado por completo la separación de mis
padres. Consulté a un psicoanalista.
—Todas las mañanas me pesaba en la
balanza. Pasaba mucho tiempo arreglándome. No comprendía la causa de su
indiferencia. Conversé con mis amigas casadas. Ellas me decían: «Roberta, nadie
ha dicho que la vida de mujer casada sea mejor que la de soltera. Acostúmbrate.
Es diferente. Y es necesario». Conseguí un trabajo como analista de recursos
humanos. Me acosté con un practicante.
—La primera noche que ocurrió,
desperté sobresaltado. Le ordené: «¡Carajo, al suelo!». Eran balas.
Definitivamente, balas. Roberta estaba boca abajo, llorando, tirada sobre el
piso. No había forma de calmarla. Avancé con cuidado hacia la ventana, aún
entumecido por el sueño. Descorrí las cortinas y observé lo que estaba
sucediendo. Un grupo de mujeres se peleaba fuera de la discoteca que había
frente a nuestra casa. Las rodeaba una muchedumbre de personas. Todos gritaban.
Cerca al tumulto, unos muchachos se daban con los puños mientras el sonido de
una sirena de policías se acercaba paulatinamente.
—«Esa maldita discoteca», pensé. Tenía
un par de semanas de haber sido inaugurada. Volvimos a la cama. Mauricio
concilió el sueño rápidamente. Pronto, empezó a roncar. Yo no pude volver a
dormir. Me quedé despierta hasta entrada la mañana mirando al techo. Desde
entonces, todos los fines de semana fueron parecidos. Ruidos en las madrugadas:
mujeres gritando como locas, hombres disparando sus pistolas. Por raro que
parezca, de alguna forma, esos desagradables acontecimientos nos hicieron relacionarnos más. Fuimos a
quejarnos a la municipalidad y avisamos a la policía. Sin embargo, nada cambió.
Una vez, tras haber sido despertados, cogí mi cámara para grabar lo que
ocurría. Quería denunciarlo en la televisión. Mauricio hizo de narrador. Era
muy gracioso oírlo gritar: «¡Estamos presenciando una balacera!». Al final,
cuando quisimos ver el video, me di cuenta de que me había olvidado de
presionar Rec. No grabé nada.
—Si bien al principio fue raro, despertarnos en madrugadas fue
tornándose odioso. Quería largarme de esa maldita casa. Odiaba a toda esa
gente. Le dije a Roberta qué es lo que teníamos que hacer para solucionar el
problema. Ella me preguntó si estaba loco. «No», le respondí. «Sólo estoy
harto».
—Y una tarde se apareció con un rifle.
Acariciaba el cañón con una mirada que me produjo escalofríos. «Tengo otro para
ti, está en la maletera del auto», me dijo. No pude contener mi curiosidad y le
pedí que me lo mostrara. Nunca antes había cogido un arma. La sensación era
indescriptible. Desde ese día, cada noche fue diferente.
—Tío, el trabajo empezaba a
deprimirme. Tenía una mujer. Eso resumía mi fracaso. Mis demás compañeros eran
solteros. Tenían novias, pero no estaban casados. Vivían solos. Durante la
semana, en la oficina, los oía hablar acerca de sus noches de juerga, de lo
bien que la habían pasado, y de los autos que tenían en la mira para aparcarlos
en sus cocheras. Entonces, un día, decidí ir al trabajo con el rifle. Lo tenía
camuflado en un maletín deportivo. Felipe Arias se acercó a mí. Me saludó con
su habitual sonrisa de chico exitoso. «Felipe, tengo algo que te gustaría ver»,
le dije. Ambos caminamos hacia el cuarto de baño. «¿Un nuevo traje para el gym,
eh?», me preguntó. «No, cabrón», pensé yo. «No». Entonces, cuando estaba a
punto de desenfundar el arma para partirle-la-jodida-cabeza, Carlitos, el
hombre de la limpieza, irrumpió dentro y pasó su asqueroso trapo amarillo por
los lavaderos.
—Jamás creí que...
—¿Eso no lo puedo contar en vivo?
¿Puedo contar todo lo relacionado con nuestras matanzas pero no puedo criticar
a (censurado)? Sí, claro, claro que he leído el contrato.
—Regresó enfadado. Le pregunté si
había pasado algo. Me dijo que no, que todo estaba bien. Pero yo conocía su
humor. Había algo en él que delataba su fastidio. Esa inexpresividad que solía
llevar en su mirada era reemplazada por una profundidad extraña en sus
dilatadas pupilas. Verlo fijamente a los ojos era como caer en un abismo.
—Cargaba el rifle en la espalda. Lo
tenía sujeto por una pita que rodeaba mi tórax. Entonces, cuando empezó el
escándalo, esto fue lo que hice: descorrí las cortinas, posé el cañón sobre el
alféizar, observé por el visor y jalé el gatillo. Recuerdo que, inmediatamente
después de haber disparado, pensé en los paseos que mi padre me daba cuando era
niño en un carrusel que daba vueltas por los aires.
—Un ruido seco me ensordeció. Fui
recobrando la percepción auditiva, mientras un agudo pitido iba aumentando en
volumen. Se hizo un bullicio aún mayor fuera de la discoteca. Parecían
celebrarlo. Sin embargo, nadie miró hacia nuestra ventana. Mauricio giró hacia
mí, me ofreció su rifle y me dijo: «Es tu turno». Yo meneé la cabeza y le dije:
«No hay forma». Cogí mi rifle, saqué mi cañón por la ventana y disparé.
Luego, me quedé temblando. Él me abrazó y me dijo:
—«Todo va a estar bien».
—Esa noche hicimos el amor como unos
salvajes. Las noches siguientes fueron iguales. Pero ya no disparamos a nadie.
De repente, la pasión fue diluyéndose.
—Nadie se había dado cuenta. La prensa
anunció que las muertes ocurrieron por una balacera.
Cuando se desconoce lo ocurrido, se culpa al azar. Así pasa en todo. Daños
colaterales, balas perdidas. Al cabo de unas semanas, Roberta me preguntó:
«¿Quieres hacerlo de nuevo?».
—¿Se puede fumar aquí?
En
un set de televisión. Lima, 2 de octubre.
Luis Palomino Castillo
PREMIO SOLO 4: TERCER LUGAR
El escudo
Héctor Meza Parra
No era un viernes cualquiera el día en que Saúl conoció a su papá. Acababa de cumplir dieciséis y sobrevivía por inercia a borracheras peregrinas, insomnios crónicos y deudas agobiantes. Al llegar a quinto de secundaria, supo por su madre que tenía a su padre vivo y, para conocerlo, viajó en camioneta hacia Oxapampa. Durante la travesía sufrió los machetazos de una lluvia despiadada, que a los pocos minutos lo redujo a la categoría de estropajo. Para mediodía, al descender el carro por una serpenteante vía de abismos que, por momentos, desaparecía en la neblina, Saúl ya había vomitado tres veces. Cuando llegó, después de ocho horas, saltó de la plataforma, sacudió sus cabellos de rockero y sacó del bolsillo trasero un cartoncito con una dirección: Jr. Mullembruck 316. Al preguntar a un tipo rubio que se escondía del sol debajo de una de las palmeras, le respondió: «doblando la esquina». Sin darle tregua a la tarde, se dirigió a aquella casa de madera que estaba a dos cuadras de la plaza principal. El olor a hierba húmeda que emergía del suelo compensaba su dolor de cabeza. Al dar con el número, intentó tocar la puerta, pero se detuvo por unos segundos a contemplar la ventana. Allí se topó con unos ojos grandes e inquisidores que colisionaron con los suyos. Después de un rato, ambos coincidieron en una venia protocolar. Sin sacar las manos del bolsillo, tragó un poco de saliva y se anunció desde el sardinel. Sin reproches fue invitado al comedor por una mujer bonita que exhibía un lunar ermitaño en el seno. Al ingresar, le esperaba una sonrisa evangelizadora y una mano franca que, al apretarla, sintió la seguridad de que no era hijo del aire.
—Usted debe ser mi papá —dijo.
—He esperado este momento, Saúl. Conversemos. Siéntate.
—Así estoy bien.
—Bueno, nadie podría negarlo. Somos dos gotas de agua, ¿no Ofelia? —dijo abrazando a su mujer.
—Ummm —respondió ella.
Durante diez minutos, Saúl le reclamó por los dieciséis años de olvido, pero su padre diestramente soltó una hemorragia de argumentos convirtiendo cada acusación en difamación. Luego sentenció:
—Tu madre no era mujer para matrimonio.
—Eso no está en discusión —replicó Saúl, indignado.
Minutos después, su padre le pidió calmar la tempestad. Le hizo saber que padecía de un cáncer que —según él— Dios le había alojado en el recto. Pese a la confesión, Saúl permaneció imperturbable.
Sin embargo, los días fueron amainando las aguas y su padre conquistó la confianza de Saúl. Para demostrárselo le enseñó su estudio privado, donde hacía mucho no ingresaban el sol ni el polvo, tampoco los litigantes. Luego le entregó las llaves para que entrara el día que quiera y así conozca sus medallas y condecoraciones cuando lo nombraron ministro. Al día siguiente, a la hora de andar revisando, observó que detrás de los quince diccionarios, había una caja dorada del tamaño del puño de un bebé. Al abrirlo apareció un escudo de metal conteniendo una doble S. Cogió el cofrecillo con la punta de los dedos, lo puso sobre el escritorio y espantó el polvo de un soplo. Se acomodó frente a él con ojos escrutadores y empezó a investigar los signos. Para su bien, el estudio estaba habitado solo por arañas y un sonidito huérfano del reloj que por momentos moría al crecer sus latidos en el corazón. Guardó la cajita en el bolsillo y, cuando se aprestaba a cerrar la puerta, se encontró con los ojos de su padre.
—¿Qué intentabas hacer? —le interrogó.
Con ingenuidad, tartamudeó y le explicó que le había llamado la atención ese objeto.
—No lo tomes a mal, papá.
—Si quieres saber mis secretos solo tienes que leer los periódicos que están sobre el sofá —explicó su padre.
Saúl depositó violentamente el cofre en sus manos y levantó la voz:
—Ya los vi. Por eso te ocultaste en la selva. Sé que la policía algún día dará contigo— y agregó tras una pausa—: Nunca debí llevar tu apellido.
—De eso culpa a tu madre.
Su padre encendió un cigarrillo y se sentó, ignorándolo.
—Si te fijas bien, este no es un escudo común.
Saúl guardaba silencio.
—¿Cómo llegó a tu poder?
—Me lo regaló un exiliado nazi —sonrió con desgano—. Era otro que andaba huyendo por haber pertenecido al Escuadrón de Protección de Hitler. Lo alojé por un tiempo. Aún conservo sus gafas y una carta fechada hace seis meses. Ahora es ciudadano brasileño, gracias a un amigo en migraciones.
—¿Encubriste a un criminal? —le reprochó Saúl.
—Solo fui un buen samaritano para Damián Holstein.
Después de discutir durante horas, terminaron por la madrugada haciendo las paces.
—Solo por curiosidad, ¿cuánto costaría este escudo si quisieras venderlo? —preguntó Saúl, bostezando.
—No menos de cinco mil dólares.
Emocionado cerró los ojos y se soñó sepultando sus deudas y viajando por Arabia. Su padre, que leyó algo en ese rostro acongojado, habló fríamente:
— Es tuyo, y sé que a partir de hoy cumplirá un rol en nuestras vidas.
—¿Me lo estás regalando?
—Tómalo como una compensación.
Saúl lo abrazó y, por primera vez, le dio un beso en la frente. Su padre hizo lo mismo y no despegó su pecho durante varios segundos reafirmándole en cada caricia que no era tarde para recuperar el tiempo perdido. Sellando el pacto con otro abrazo, Saúl juró sigilo y prometió regresar el próximo año.
Al llegar a casa, más alegre y dicharachero, retornó a las cantinas ufanándose de tener un padre y una fortuna. Tanto corrió la noticia por el pueblo, que una tarde un anticuario, llegado de la capital, se presentó ante él.
—No te preocupes —decía—, no es mi costumbre delatar a nadie. —Solo muéstramelo y si te animas hacemos negocio.
—No tengo intenciones de venderlo —respondió Saúl, con acento poco convincente.
—¿Acaso dije lo contrario?
Al día siguiente el anticuario esperaba en un bar cerca a la plazoleta Alvariño. Al llegar con la cajita, se sentó mirando con desconfianza a las vigas del techo y, casi sin respiración, la entregó mientras sorbía el primer trago.
El anticuario abrió la caja cuidadosamente, pasó la yema de los dedos durante unos segundos por las jorobas de las SS, y haciendo una mueca, hizo tronar una carcajada lapidaria:
—Este no es ningún escudo nazi —dijo mutando la risa en enojo—. Es la marca de una de las primeras motos japonesas que llegaron al Perú. Se llamaban Suzoko Sezeta. De ahí las SS. Y dándole una palmada en el hombro, desapareció sin pagar las cervezas.
Saúl, volvió a observar el objeto y vio cómo los cinco mil dólares se diluían entre sus manos. Al salir del bar, tomó una de las calles más solitarias del pueblo y al ingresar a un campo escoltado de eucaliptos, le llegaron los recuerdos de la oficina de Oxapampa, la biblioteca y aquel abrazo redentor. De pronto, se detuvo ante un abismo para contemplar las estrellas. Pero esta vez, al intentar acariciar las SS, descubrió para su decepción, dos rostros como dos gotas de agua, y comprendiendo que el escudo había cumplido su rol, apuntó al vacío y lo lanzó como queriendo arrancarse el alma desde las vísceras.
Héctor Meza Parra
Nació en Jauja en 1963. Estudió en la Universidad Marcelino Champagnat, Lengua y Literatura. Ha sido considerado en La antología poética-biográfica de celebridades del Siglo XX por el Dr. Karl R. Bernard, en EE.UU. En 1999, obtuvo el primer puesto en un importante certamen por su libro de cuentos “Emboscada”, otorgándosele “El Libro de Oro”.
En 2010, publica cuentos en la Colección “Ojos de Búho” que comprende cinco tomos. Luego, colabora para la revista “Variedades” del diario El Peruano. En 2012, publica su primera novela “Los mataperros”, y más tarde la Municipalidad Provincial de Jauja lo declara “Hijo Ilustre”.
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