Henry Bonilla Medina

Así, caminé por “Nueva Crobuzón” —la ciudad más importante— al lado de una “Khepri” (mujer que por cabeza lleva un escarabajo entero); conocí el bar “Miserable mendigo” con un trago de color percudido en la mano, al lado de un “Vodyanoi” (rana antropomorfa con habilidades telequinéticas); le di una ojeada al periódico “Renegado Rampante”; fui testigo de una escena sexual bizarra entre el protagonista Juda y uno de los rebeldes de su grupo. No entendí muy bien la “Taumaturgia” —definida en esta novela como una mezcla de ciencia y magia—; vi un “golem” hecho de luz y a otro de sombra; me hipnotizaron los “Susurradores” (una especie de jinetes telépatas); y viví con tantos otros personajes experiencias bastante absurdas como ellos mismos.
Los mayores valores de la novela son su cohesión y coherencia, pues, a diferencia de lo que se podría esperar de un “monstruo” vil, instintivo y violento. Todas las criaturas, tienen sentimientos, objetivos, historia y origen. Viven y padecen bajo un gobierno tirano, retroceden ante la idea de abandonar el distingo, se aman y se odian, se mezclan las razas y se matan, mientras que en el aire flota la leyenda de un inmenso tren herrumbroso, que, lejos, en una zona llamada “La mancha cacotópica”, una fuerza llamada “Torsión”, genera más.
Escrito con seriedad, abundante en descripciones, con una mal disimulada ideología de rompimiento de parámetros y estructuras establecidas en la sociedad, es una obra que me mostró que la creatividad no se debe reprimir, que cualquier idea, por más estúpida que se nos pueda presentar en primera instancia, con un tratamiento literario adecuado, convicción y seguridad, puede llegar a ser valiosa.
“El consejo de hierro”, es eso, todos nuestros engendros infantiles que se utilizan para exponer ideas, la aventura ágil. Una novela que me tomó el pelo, que demuestra que lo más nuevo es lo más viejo, que no hay idea original, sino un estilo motivado e imparable. Que hay argumentos que no son ni ciencia ficción, ni fantasía, y que detrás de las heridas, el vapor, el melodrama y el romance, hay espacio para escribir sobre lo mismo sin que lo sea ciertamente. Es también aquello que mencionó J. J. Abrams, creador de la serie “Lost”, como uno de sus preceptos para trabajar: “Usar una idea de serie B y ejecutarla como si fuera A”. Un libro que me enseñó a saborear las novelas con un paladar nuevo.
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