Eduardo
González Viaña
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«El llorar sin reír hace mucho mal». Foto: Aleksandr Rodchenko. |
Sentado sobre
una banca de un parque de Salem estaba intentando leer un poco cuando, desde la
puerta de una casa cercana, vino hasta mí una incontenible explosión de risas
femeninas. Pensé en alejarme de inmediato para no invadir la privacidad de
quienes la causaban, pero mi curiosidad pudo más, y continué escuchando durante,
tal vez, quince minutos una risa que solamente era interrumpida por breves
comentarios en castellano.
Se trataba,
como después comprobé, de dos damas mexicanas, madre e hija; esta última acaso
tenía 20 años, la madre le doblaba la edad.
¿De qué se
reían? Era difícil saberlo, porque sus frases entrecortadas no me permitían
adivinar lo que les producía tanta hilaridad. Muy pronto, mi curiosidad tuvo su
castigo, pues la risa de las dos mujeres se me fue acercando y acercando hasta
comenzar a contagiarme, como una cosquilla inaguantable que no pude resistir, y
arranqué a reír también.
Pasaron diez, quince
minutos, acaso media hora, y yo que lloraba de risa me había tirado desde la
banca a la grama y me revolcaba en ella sin dejar de reír. Quería pensar en
sucesos tristes, pero no me venía ninguno al recuerdo y cuando por fin pude
evocarlos me causaban más risa. Intenté taparme los oídos, pero las malvadas
mujeres ensayaban risas cada vez más agudas o usaban unas voces que me causaban
más risa.
Tal vez luego
de una hora callaron. Se hizo silencio en el parque, pero acaso por inercia yo
seguía riendo. Los pájaros, las hojas, los dibujos que trazaban en el aire, mi
propia sombra, todo me causaba risa. Entonces, sólo entonces, se me ocurrió lo
que debí haber hecho desde el principio: me puse de pie y, con lágrimas en los
ojos, avancé hacia ellas para preguntarles de qué nos
estábamos riendo tanto.
No sé cómo lo
logré. La verdad es que hasta ahora me asombro de toda la fuerza que tuve para
levantarme y caminar hasta el patio de la casa donde Carmen Silva y Patricia León
reían hasta más no poder. No logro recordar, pero imagino la cara que ponen
cuando un hombre con lágrimas y risa incontenibles se acerca a preguntarles: «Por
favor, díganme, ¿de qué nos estamos riendo?»
—Nos estamos
riendo —me explica Carmen— por el hecho de que Patricita se ha quedado sin
trabajo —obviamente, no pude, no conseguía entender—. El jefe descubrió que sus
papeles del seguro social son “chuecos”, están falsificados, y hace un par de
horas la ha mandado de regreso a casa.
En vista de
que no entendía todavía, Patricia aclaró:
—Mi madre y yo
somos ilegales. Ella no puede trabajar, porque padece de un problema de salud,
y a mí me acaban de echar del trabajo. Además, el dueño de los departamentos
nos ha llamado para decirnos que tenemos una semana de plazo para pagar o
irnos.
Le entendí
menos aún, pero tuve que fingir que me parecía muy graciosa cada una de sus
desdichas. Entonces, Carmen clarificó más las cosas:
—Nos reímos —me
dijo— porque el llorar sin reír hace mal.
Y me contó que
frente a todo lo que les estaba ocurriendo como migrantes ilegales en Estados
Unidos —estaban solas sin dinero ni trabajo— optaban por reírse para sentirse
bien:
—Nos reímos de todo lo malo, y nos reímos hasta llorar. Patricia a veces
quiere regresarse a Guadalajara, pero yo le digo que si hemos llegado hasta
aquí, debe ser por algo, y se lo digo riendo porque, como le acabo de decir, el
llorar sin reír hace mucho mal.
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