sábado, 4 de junio de 2011

Función continuada: El mensajero


Los emisarios de la muerte

Juan Carlos Suárez Revollar

Hay un fuerte tufillo a resignación en “El mensajero” (Oren Moverman, 2009). La trama tiene a dos soldados que asumen la misión de ir casa por casa para buscar a los familiares de los caídos en batalla y darles la mala nueva. Cada visita ofrece una escena patética, brutal, de mucho dolor, que en vez de curtirlos va mellando su personalidad todavía endurecida. Esos momentos helados, en sus distintas variantes, abundan en el filme.

El juego de contrastes entre los protagonistas resalta la familiaridad con la muerte en uno, y el espanto por ella en el otro. Quien hace más evidentes los estragos de ese trabajo es el sargento Will Montgomery (Ben Foster). A diferencia de él, el capitán Tony Stone (Woody Harrelson) ya conoce su oficio. Hay, en ambos, mecanismos de defensa propia para no verse afectados, pero infructuosos al fin y al cabo. La delgada línea entre lo que manda el deber, y el calor humano necesario para interactuar con el resto de la gente, desaparece lentamente.

Todos los personajes muestran, a su modo, caracteres autodestructivos. Se trata de excluidos que pululan por el mundo en busca de su mera supervivencia. La historia no ha intentado —seguramente por decisión del director— ocultar el discurso político de la guerra. Por eso su antibelicismo es evidente. Como siempre, quienes van al frente son los desposeídos: afroamericanos, latinos, o los “White Trash”. A estos últimos pertenecen los dos mensajeros.

La aparición de Olivia Peterson (Samantha Morton) es un efectivo catalizador de los conflictos existenciales del sargento Montgomery. La empatía entre ambos personajes es inmediata. Su acercamiento se siente obsesivo, absurdo, mucho más emocional que lógico.

“El mensajero” parece excederse en el tratamiento de las escenas mórbidas. Su duración descomunal, su afán en detenerse y dilatar el tiempo, termina por cansar. Hay por otra parte un problema con la extensión general del filme, que se podría haber acortado de omitirse secuencias y tiempos muertos, que solo hastían.

El peso del tedio, y más aún, el de ese ambiente que cae en pedazos, quiebra finalmente a los dos soldados. El filme es por eso un relato de la destrucción anímica de sus personajes en un contexto que se supone real.

Acaso se podría haber logrado un filme de mayor calidad, pero “El mensajero” es, con todo, lo mejor que ha llegado a la cartelera local en más de un mes.

MÁS DATOS:

El mensajero

Director: Oren मोवेर्मन

Título original: The Messenger

País y año: Estados Unidos, 2009

Duración: 105 minutos

Idioma: inglés con subtítulos en español



La trampa del éxito


Gonzalo Betalleluz Urruchi

La palabra éxito, tiene dos significados diferentes: uno es peligroso y el otro es sumamente útil para el desarrollo humano.

La primera forma de entender el éxito, consiste en asociarlo con un estatus social elevado, caracterizado por la tenencia de poder, dinero, fama, alto consumo y privilegios que los supuestos “fracasados” no tienen. Bajo este paradigma equivocado del éxito, que con frecuencia nos vende la publicidad, una persona exitosa, es la que tiene poder, dinero, fama y simbólicamente, quien tiene la ropa o el celular de moda, el carro último modelo y un consumo abundante. Bajo los estereotipos publicitarios, exitoso sería el que es feliz y fracasado el que sufre, exitoso el famoso y fracasado el desconocido, exitoso el que ordena y fracasado el que obedece, etc. Este modo de ver el éxito, es profundamente egoísta, peligroso, inhumano e insensible, porque segrega y divide a la sociedad entre exitosos y fracasados. Por ello, para evitar ser un “fracasado”, muchas personas pueden someterse a un sinnúmero de conductas que atentan contra su dignidad y sus valores. Por ejemplo, para “elevar su estatus social”, mucha gente no tiene reparos en corromperse, aceptar un soborno, traficar con sus influencias y apelar a malas prácticas, para conseguir su necesidad de éxito y reconocimiento a toda costa. Por este tipo de “éxito”, es que tenemos a los políticos que tenemos, que hacen cualquier cosa para llegar al poder y sus privilegios. Entonces, es evidente que tenemos que cambiar este “modelo de éxito”, por un paradigma de bienestar y desarrollo humano, no sólo personal, sino también social y colectivo.

La segunda forma de concebir el éxito, consiste en entenderlo como el cumplimiento o logro de una meta u objetivo que nos hemos propuesto. Este enfoque es más práctico, realista y específico. Es práctico porque lo podemos usar en cualquier actividad humana. Es realista, porque mide qué resultados hemos logrado, con las actividades que hicimos, en comparación con los objetivos y metas que planificamos. Es específico, porque nos permite analizar una situación concreta, evitando la trampa de etiquetar a las personas como exitosas o fracasadas. Bajo este enfoque, la felicidad no radica en lograr un estatus, poder, dinero y fama, sino en el mérito de haber logrado cumplir nuestro deber o misión cotidiana y haberlo hecho con acciones y medios éticamente válidos. Aquí cabe precisar y enfatizar que los objetivos, metas y actividades, deberán ser éticamente válidos, de modo que no vale la frase “el fin justifica los medios”. Mis objetivos, metas y actividades serán éticamente válidos, cuando no perjudiquen el bienestar y los derechos de los demás.

Las personas no merecen ser etiquetadas como exitosas o fracasadas. Es mucho mejor ver y comprender al ser humano en toda su complejidad e imperfección: en sus aciertos y errores, sus triunfos y derrotas, su felicidad y tristeza, en sus odios, miedos, angustias, emociones y en su inmensa capacidad de amar. Sólo así podremos comprender, cambiar y humanizar a la sociedad y a nosotros mismos.

Cultura, sociedad y costumbres

Leonardo Mendoza Mesías.

Cada sociedad crea y recrea sus manifestaciones culturales. Por ejemplo, en la Semana Santa pasada, los peruanos hemos sido partícipes de una serie de actividades sociales, religiosas, económicas, y etcétera. Semana Santa no sólo es religiosidad, es más, casi siempre, acostumbramos a asistir a actividades religiosas como las misas, el “sermón de las siete palabras”, visitar las iglesias, hacer penitencias y más, pero a la par, también desarrollamos otras actividades que no son tan religiosas como los paseos, viajes, comilonas, reuniones y fiestas en donde impera, sobre todo, las dipsomanías. Estas actividades son, más bien, de índole social y que se desarrollan con mayor preocupación y “religiosidad” que las que manda la iglesia. Pero también, estas fechas son la oportunidad de desarrollar actividades económicas que permiten obtener algunos dividendos más mediante el expendio de potajes, servicios, hospedaje y otros.

Como vemos, nuestra sociedad, en Semana Santa o cualquier otra fecha desarrolla actividades que se han generado respondiendo a una necesidad (espiritual como la Semana Santa) o a su creatividad. Muchas de estas actividades son el resultado de la colonización española, la globalización o copia de otros países (como Norteamérica). Ejemplos de estas actividades o recreaciones culturales son las prácticas de Semana Santa, la celebración del día de la madre, o “Halloween”. Pero también, se da el caso que hay elementos culturales creados, autóctonos, como el pago a la tierra. Este hecho de crear o recrear actividades autóctonas, asumidas o copiadas no tienen nada de malo, por el contrario es una autoatribución que las sociedades como la nuestra, al igual que otras de más allá o más acá, demuestran su febrilidad cultural y su fortaleza popular, que por cierto, es una muestra palpable de la gran demanda y de las expectativas que tienen este tipo de sociedades. Además, el hecho de crear o recrear, atribuible a una sociedad, tiene un objetivo o fin. Un fin que es inherente solamente a ella y que muchas veces es subyacente a la conciencia de la mayoría de sus integrantes.

Retomando el caso de Semana Santa observamos que dichas actividades, además de ser creaciones o recreaciones culturales, son la coexistencia simultánea de dos espacios: lo individual y lo colectivo, lo sagrado y lo profano, lo religioso y lo no religioso. O sea, lo que podemos observar en el poblador huanca es que éste recrea en sus actividades (diarias) un aspecto fundamental de su pensamiento: la oposición binaria. A partir de este análisis de lo cotidiano comprendemos que, el ser humano ordena sus pensamientos y actividades por oposiciones pero que esta oposición no significa conflicto, todo lo contrario, se complementan entre sí: cuerpo y espíritu, razón y sentimiento, felicidad e infelicidad, alegría y tristeza, hambre y saciedad, salud y enfermedad.