sábado, 8 de enero de 2011

Microcuento


Sentía su cuerpo

Ricardo Calderón Inca

Sentía su cuerpo sudoroso. A oscuras quiso escapar, mas una voz le replicó:

—¡No salgas!, es mejor quedarte. Afuera están matando —dijo la serpiente a su inquilina.

Retrato: Josué Sánchez, pintor


José Oregón Tapia

Josué Sánchez Cerrón es un pintor huancaíno que ha encumbrado su obra como un referente de la cultura andina y cuyo trabajo quizá con el tiempo se convertirá en un timbre de orgullo nacional. Es un hombre sencillo, con quien te puedes cruzar por las calles de Huancayo sin notar su presencia.

A sus 65 años habla de su vida personal. ¿Qué hay detrás del hombre maduro, que ha viajado por el mundo, que ha pintado frescos en Alemania, que conoció a pintores renombrados mundialmente y que es reconocido dentro y fuera de su tierra? ¿Qué hay dentro del autor de esta descollante obra que nos llena de orgullo y nos transporta a un mundo difuso e idealizado?

Josué trabaja en su taller de su casa en Huancayo, que cuenta además con un par de salas de exposición de sus pinturas. Recibe constantemente, amable y desprendido él, a diversos visitantes: estudiantes, periodistas, turistas, amigos.

Es un hombre reservado y guarda muchas anécdotas e historias personales.

—¿Qué es lo que más recuerda de su infancia?

Ayudaba yo a mi madre en el urdido de las mantas, con ovillos de hilos de colores. Me gustaba mucho salir a pescar con mi padre.

—¿Qué experiencia de esa época citaría para explicar lo que es hoy?

Hacer figurillas de toros, aves, iglesias de arcilla en la fábrica de tejas cercana a la casa.

—¿Qué libros lee Josué Sánchez?

Narrativos: novelas y cuentos. Y libros de mi especialidad. También de física, de Stephen William Hawking y la vida de los artistas.

—¿Quiénes son sus héroes? ¿A qué personajes admira?

Cristo sería uno. Van Gogh, Gauguin, Rodin, Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez.

—¿Cómo pasa sus ratos libres?

En mis ratos libres pinto y el resto del tiempo descanso.

—¿Qué acciones ha llevado a cabo usted para apoyar aquellas causas en las que cree?

Bueno sí por la justicia, por la actitud humana y el verdadero amor al prójimo. Bueno, la militancia pues. Una en la iglesia, fui líder juvenil, en las iglesias del campo. Pero también en la política. Siempre he estado ligado a la izquierda.

Perfume de mujer



Balzac y la joven costurera china

Dai Sijie era una muchacha a la que no conocía, nunca había venido a mi molino. Cuando estuvo de pie en el saliente de la piedra, me hallé lo bastante cerca de ella para admirar su cuerpo desnudo, empapado. Jugaba con el taparrabos, lo enrollaba sobre su vientre, bajo sus jóvenes pechos, cuyos sobresalientes pezones eran un poco rojos.

Un capítulo de la historia regional:


El mito del “reino Huanca”

Manuel F. Perales Munguía

Durante las décadas de 1960 y 1970 el historiador Waldemar Espinoza publicó un importante conjunto de trabajos en los que, apoyándose en una interpretación particular de los datos ofrecidos por algunas fuentes históricas tempranas correspondientes a los siglos XVI y XVII, propuso su tesis de la existencia de un poderoso “reino Huanca” durante los siglos previos a la expansión del imperio inca, cuyo ámbito habría abarcado territorios actualmente pertenecientes a las provincias de Jauja, Concepción, Huancayo y Chupaca. Según Espinoza, este “reino” habría tenido como capital a la “ciudad fortificada” de Siquillapucara o Tunanmarca, donde vivía el “rey” junto a sus siete mujeres y donde existía un templo al dios “nacional” Huallallo Carhuancho. Además, la población de este “reino” era sumamente aguerrida y belicosa, razón por la cual resistió heroicamente frente a las tropas incas hasta que finalmente cayó Siquillapucara, tras un largo asedio después del cual se ordenó su total destrucción y la deportación en masa de sus habitantes hacia lugares distantes del Tahuantinsuyu.

Resulta claro que la historia contada por Espinoza Soriano es impresionante y dramática, sin embargo las investigaciones arqueológicas serias llevadas a cabo hasta el momento en el valle del Mantaro nos ofrecen “otra” historia, la misma que se sustenta en sólida evidencia científica que aún no ha sido dada a conocer al público en general en la región. Estudios como los de la Universidad de California en Los Ángeles han demostrado en forma contundente que antes de la llegada de los incas la población de nuestro valle estaba políticamente dividida en una serie de pequeñas unidades a modo de “curacazgos”, que en antropología reciben el nombre de jefaturas, pero que de ningún modo llegaron a constituir una organización de nivel estatal como vendría a ser un “reino”. Quienes detentaban el poder político en estas comunidades eran personajes que pertenecían a una emergente elite local y a quienes se recordaba con el nombre de “sinchis” en los testimonios registrados por el corregidor Andrés de Vega hacia fines del siglo XVI. A ello debemos agregar que los análisis de la arquitectura de Tunanmarca y otros complejos similares, así como los datos obtenidos de excavaciones arqueológicas practicadas en esos lugares, señalan que todos fueron asentamientos de carácter aldeano mas no ciudades propiamente dichas, puesto que sus habitantes se dedicaban fundamentalmente a actividades económicas primarias y no experimentaron mayor especialización laboral o religiosa, incluso aquéllos que estaban conformando una nobleza incipiente sustentada en un mayor acceso a bienes suntuarios, recursos agropecuarios y relaciones sociales de reciprocidad asimétrica. Aquí valdría la pena mencionar que según las excavaciones practicadas en el conjunto arquitectónico que Espinoza señala como el “palacio” del “rey Huanca” en Tunanmarca, éste no fue más que la vivienda de una familia de la naciente élite local cuya autoridad y poder estuvo restringido sólo a dicha comunidad. Esto, junto con la evidencia obtenida de entierros y tumbas, descarta la existencia de una diferenciación social marcada entre estos pueblos, requisito básico de toda organización sociopolítica compleja.

Existen muchos otros aspectos más del mito del “reino Huanca” sobre los que deberían hacerse aclaraciones, pero por razones de espacio esto resulta imposible. Por ahora queremos concluir recordando que toda lectura de la historia debe ser siempre crítica y que si anhelamos construir una identidad sobre ella, dicha identidad no debe tener, como dijo el arqueólogo ecuatoriano Ernesto Salazar, ropajes postizos.

EL LIBRO QUE CAMBIÓ MI VIDA


“La Iliada” de Homero

Alvaro Sánchez Schwartz

La Ilíada llegó a mis manos a la edad de 14 años, edad en que llegué también al cenit de mi crisis adolescente. Crisis que se traducía en cuestionamientos sociales, familiares y religiosos. La búsqueda de la identidad en un entorno tan poco flexible me tomó tiempo, y sobre todo decisión, para no dejar que las palabras de otros determinen mis actos. Y fue aquí donde la musa inspiradora a través de la voz de Homero me hizo conocer el valor de Diomedes Tidida, rey de Argos y héroe griego cantado en la Ilíada por el viejo rapsoda ciego. Su determinación me sirvió de soporte y guía en mis años de formación adolescente. Y así como él durante el asedio a la ciudad Troyana, enfrentando sin temor a dioses como Ares, alguna vez por esos años y bajo su guía protectora osé enfrentarme también a algún Dios por mi libertad de acción y pensamiento. Tiempo después, cuando leí en la Eneida de Virgilio sobre su negativa a seguir guerreando, confirmé que en la vida debe existir siempre un equilibrio.

Pero de la Ilíada no solo aprendí la determinación para enfrentar la vida, sino también me enseñó la fidelidad y el compromiso en mis relaciones. Así, conocí el amor de Héctor por Andrómaca y, casi 3000 años antes de que Fromm lo dijera en su libro “El arte de amar”, aprendí de ambos que el amor en una relación de pareja se demuestra con lealtad, compromiso y respeto. Desde entonces he mantenido esa enseñanza y decisión en mi vida.

Recuerdo, finalmente, cuando un día, pasados pocos años de esa maravillosa lectura, caminando por el centro de la ciudad, encontré un libro sobre la Ilíada y sus tesoros. Se contaba en ella la historia de Heinrich Schliemann, quien de niño, y después de haber leído el poema homérico, soñó con una Troya no como leyenda, sino como realidad. Y como él en esa creencia no descansó hasta hallarla en la actual costa turca. Aquel sueño de Schliemann hizo que se confirmara en mí un total agradecimiento por aquellas noches mágicas. Cuando a la luz de mi lámpara y a través de aquella musa cristalizada en los versos de la Ilíada escuchara maravillado la voz de Homero convocando el valor de Diomedes y el amor de Héctor por Andrómana, e iniciaran en mí el crecimiento de mi espíritu.