jueves, 3 de noviembre de 2011

El Cristo de Pachacamilla, nuestro Señor de los Milagros

Leonardo Mendoza Mesías

Estamos en octubre, mes morado, y es oportuno recordar una de las más grandes tradiciones religiosas de Sudamérica: el Señor de los Milagros, conocido también como el “Cristo de Pachacamilla” o el “Cristo Moreno”. Una tradición religiosa muy peruana, cuyo epicentro es Lima. Esta expresión cultural, por su esplendor y desbordante religiosidad popular, es comparable a la de la Virgen de Guadalupe en México y a la de la Virgen de la Candelaria en Bolivia.
La tradición cuenta que, en el siglo XVII, Lima, aunque pequeña en comparación a lo que es hoy, crecía por las migraciones de la época. Había en ella personas de todas las razas, en especial procedentes de las costas africanas. Existían diferentes cofradías —agrupación de personas de un mismo oficio para asistencia mutua o fines espirituales— en las que se veneraba a diferentes santos. A mediados de dicho siglo, los negros de Angola se ubicaron en Pachacamilla (llamada así porque allí habían vivido indios del Pachacamac). Formaron su cofradía y levantaron una edificación. Alguno de los angoleños pintó en la pared una preciosa imagen del Cristo Crucificado. Se dice que el 13 de noviembre de 1655, un fuerte terremoto sacudió Lima y Callao, tumbando muchos edificios y cobrando miles de muertos. Los angoleños, que eran ya muy pobres, sufrieron muchísimo, todas las paredes de su cofradía cayeron, pero en medio de ello apareció lo que miles consideran un milagro: el muro de adobe con la imagen del Cristo permaneció en pie e intacto.
Al respecto, María Rostworowski, investigadora de amplia trayectoria, señala que el origen de esta tradición católica es milenaria, que su historia se remonta a épocas prehispánicas y que el esplendor de dicha expresión religiosa se da durante la colonia. Es así que afirma que los indios de Pachacamac fueron llevados a trabajar en las huertas de Lima, trayendo sin duda muy vivo el recuerdo de su “huaca” (dios) principal: “Pachacamaite” o “Pachacamac”, cuyo principal poder era proteger contra los terremotos. Poco a poco, la tradición se fue "cristianizando" y ya en 1771 se habla del Señor de los Milagros, "Patrón jurado por esa ciudad contra los temblores". En resumen, Rostworowski plantea una relación devocionaria de lo que hoy conocemos como el “Señor de los Milagros”, que antaño era el “Señor de Pachacamilla”, y mucho antes fue “Pachacamaite” cuyas dos constantes fueron el color, antes moreno ahora morado, y el castigo mediante los terremotos.
El Señor de los Milagros es, en las procesiones de octubre, probablemente la manifestación religiosa pública más grande del mundo católico, en la que cientos de miles de creyentes acompañan a la imagen adornada en oro y plata. Es casi obligatorio que los presidentes de la república, alcaldes y generales le rindan homenaje oficial, o la condecoren una y mil veces con todos los honores de Estado, la ciudad, y las fuerzas armadas. La comunidad afroperuana se vuelca íntegramente al culto, pero en él confluyen gentes de todas las razas y procedencias, constituyendo uno de los pocos casos en los que esa separación étnica se diluye.
Además, la tradición y devoción religiosa del “Cristo Moreno” han traspasado fronteras; es un peregrino, ya que gracias a las colonias de peruanos en el extranjero podemos encontrar a las cuadrillas de la “Hermandad” y a su imagen en andas de Norteamérica, Italia, España o Japón.

El Señor de los Milagros es, en las procesiones de octubre, probablemente la manifestación religiosa pública más grande del mundo católico.

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