martes, 4 de diciembre de 2012

Los Sinlogismos de Sofocleto


Jhony Carhuallanqui



El silogismo es una forma de expresión lógica que parte de premisas para obtener una conclusión. Es decir, es una proposición cuya lógica que se articula entre el humor y el sarcasmo, que nos divierte, sorprende o mortifica, pero que siempre nos invita a la reflexión.
El creador de esta forma particular de plasmar ideas fue Luis Felipe Angell o simplemente “Sofocleto”, quién siempre afirmaba  que la ignorancia consiste en saberlo todo, pero de otra manera.
Sofocleto cuestionaba por qué «el capitalista vive explotando, y sale ileso», además aseveraba rotundamente: «Cuando un vicio social es inextirpable, se llama tradición», y «Arpía es una suegra que toca el arpa». Sus Sinlogismos han dado paso a otra forma de interpretar (o reinterpretar) las cosas, y que al leerlas terminamos con un asentimiento cómplice. Por ejemplo:
«El hombre regresa cuando ya no es el mismo que se fue». «Sí, ya lo sé. Todos los demás maridos son perfectos». «El monólogo consiste en tratar de explicarle algo a una mujer», o «Meditar es pensar qué medias ponerse».
Este osado personaje señalaba con esmero que «Lo malo de la inteligencia es que no se contagia a nadie», y que «El peligro de los analfabetos está en que comiencen a escribir».
Luchó contra el autoritarismo desde muy joven: a los 12 años publicó en su colegio religioso el manuscrito “abajo los curas”, lo que le valió su expulsión. Digamos, fue un promiscuo mártir por la tolerancia. También fue encarcelado y expatriado en el gobierno militar de Velasco Alvarado, experiencia que en lugar de amilanarlo, lo estimuló para escribir su célebre “Manual del perfecto deportado”, escrito en el que apunta: «Yo no necesito la libertad de expresión porque en mi país cada quién sabe lo que pienso de él». 
Sus “Peditoriales” en “Don Sofo” —en el que era redactor, corrector, digitador, diagramador y demás— fueron del gusto popular, y los apodos allí vertidos, patrimonio de la época: Luis Bedoya era “El tucán”; Fernando Belaúnde, “El architecto”; y el impávido Víctor Raúl Haya de la Torre, “Papaya”.
Diplomático distinguido y humorista consagrado, dejó el pasatiempo para volverlo pasión. Su ingeniosa  pluma se expuso desde los mayores diarios de Lima hasta “Selecciones” del “Reader´s Digest”. Era políglota por su labor diplomática pero para “romper el hielo” nada mejor que su “Diccionario loco”, que era mejor que la valeriana para los nervios:
Adefesio: Idea brillante que tuvo otro antes que nosotros.
Alameda: Grosera interjección china usada para mandar a la gente a un lugar sucio e innombrable.
Antílope: Enemigo de Lope de Vega.
Barbarie: Época en la que los hombres se mataban de uno en uno.
Budín: Hijo menor de buda.
Camarón: Aparato enorme que saca fotos.
Capuchino: Aplicase al chino que ha sufrido castración.
Lengua: Instrumento cortante que usan las mujeres para convertir en tajadas al prójimo.
Mosquetón: Mosco afeminado.
Santurrón: Patrono de los pasteleros.
Solterona: Mercadería que no se entregó a tiempo.
Su libro “Los Cojudos” terminó siendo una catarsis social donde pormenoriza la escala de “vivansky” y “lobinsky” para medir los grados de “acojudamiento”, y hace una rigurosa clasificación de los “cojudos” para terminar con la “cojudez como institución”. Toda una teoría.
“Clavó el pico” —cómo él diría— en 2004. Además, sobre esto afirmaba: «Lo bueno de la muerte es que jamás se repite». Seguramente él hubiera escrito en su epitafio su ya célebre Sinlogismo: «Dios hizo a los cojudos para que los demás peruanos no se murieran de hambre».

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