martes, 19 de febrero de 2013

COLUMNA: DESDE EL ATELIER


Cuando se anuncia  la muerte

Josué Sánchez

Pintura: La muerte cabalgando – Josué Sánchez Cerrón.
En la quietud de la noche, el alboroto de unos gatos peleándose despierta sobresaltado a don Bartolomé. «Es ‘sauca’», piensa. En otra casa de la comunidad de Chongos Alto, doña Domitila se revuelve sin poder dormir. Recuerda la vez que vio el “entierro de gatos”. Varios felinos erguidos en dos patas cargando a otro que fingía estar muerto.
En Chongos Alto, comunidad campesina de la zona altina del Canipaco en la provincia de Huancayo, la muerte se anuncia. Eso dicen todos, y los niños se estremecen imaginando los aullidos de los perros que presienten el espíritu del próximo difunto cuando éste pasa recogiendo sus pasos por los sitios que ha frecuentado en vida.
Los cantos de la lechuza o del “huac-huarsh”  en el silencio nocturno, el olor del “añas” o zorrino, la aparición de la mariposa gigante y negra llamada “taparaco”, son signos todos de que alguien muy querido va a morir. Soñar que se vuela, que se viaja sin paradero o con hatos o puntas de ganado, también indica la cercanía de la parca. Y un caminante que se cruza con una culebra negra, con un zorro o una perdiz, sabe que ha tenido una señal de muerte y que, tal vez, nunca vuelva a recorrer el mismo camino.
Allá por los ochenta, don Marcial Soto y don Daniel Hilario, comuneros de Chongos Alto, contaban estas historias con calma, disfrutando las palabras. Yo los escuchaba fascinado. Los rituales mortuorios en Chongos hablaban del fallecimiento como un evento colectivo, compartido.
 En nuestra cultura, la desaparición de un individuo no es un acontecimiento frío, que sólo convoca a la familia inmediata como sucede en la sociedad occidental: una forma de enfrentar ese hecho que poco a poco se está extendiendo en nuestro medio, a medida que nuestra cultura se va occidentalizando.
En los Andes, la muerte se asume como una crisis que se enfrenta a través de mecanismos psicológicos, culturales y sociales destinados a salvaguardar la cohesión social. Para una sociedad de fuerte raigambre colectiva, la pérdida de uno de sus componentes significa poner en riesgo la continuidad. Por eso se prepara al individuo para enfrentar la muerte desde niño y, cuando ella llega, toda la comunidad se pone en movimiento para proteger a los deudos y aliviar la tensión emocional y social.
Cuando se deja oír en la iglesia el redoble lento de la campana grande y la pequeña, tañendo su ritmo característico, todos los comuneros saben que alguien ha muerto. Si los repiques se oyen alegres, el fallecido es un niño, “pequeña almita del Señor”; si se repiten tres veces, se trata de un varón; si son dos, de una mujer. En ese momento preciso, la familia se moviliza para cumplir con notificar al resto de los parientes, al sanitario, al datarista, y al cantor. Los anuncios se han cumplido, la comunidad ha perdido a uno de sus miembros.

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