lunes, 1 de abril de 2013

COLUMNA: EL BUEN SALVAJE


Los sagrarios del pasado

Sandro Bossio Suárez

El sacerdote Rubén de Berroa, en su monografía sobre la diócesis de Huánuco, asegura que los dominicos habían construido, hacia 1544, un modesto convento en la Plaza Huamanmarca de Huancayo. Además, en 1553 hubo en Lima un cenáculo de dominicos, donde se hace mención del «convento de Guancayo», que administraba las doctrinas de Chupaca, Sapallanga, Sicaya, Chongos y La Mejorada. O sea, dos décadas antes de la visita de Jerónimo de Silva, quien ya habría encontrado un pueblo fundado autóctonamente, con su iglesia erigida.
Esto lo certifica la Real Provisión de Francisco de Toledo, fechada en 1571, quien dispone que «en el tambo de Huancayo se construya un nuevo monasterio e iglesia para que residan en él seis frailes y que sea cabecera a donde deben centralizarse los dos religiosos dominicos que se hallan en la doctrina de Ananhuanca». Si el virrey dice «que se construya un nuevo monasterio» y no dice «que se construya un monasterio», es lógico pensar que el citado convento existía desde antes de 1571.
Esto quiere decir que por órdenes virreinales, el primer convento de Huancayo fue refaccionado o tirado para la construcción de uno nuevo, en 1580. La piedra labrada (que hoy se encuentra en la fuente de la Plaza Huamanmarca), que data en efecto de 1580 y pertenece a la aludida iglesia, precisamente es la prueba de que en esa época empezó una segunda etapa para ella. Después fue convertida en priorato y tuvo a su cargo las doctrinas de Sapallanga, Mejorada, Conchangará, Chongos, Chupaca y Sicaya.
Esta iglesia, inicialmente, estuvo a cargo de los dominicos. Se trataba, por el dibujo dejado por Leonce Angrand, de una iglesia modesta, caracterizada por la sencillez de una fachada asimétrica, con una campana, balconetes y cupulinas. Estaba levantada  probablemente en piedras y barro, y dentro de ella había una sola nave. El presbiterio tenía los componentes básicos: el altar, al ambón y a la sede. El púlpito contaba con taza y baldaquino, y el sagrario poseía una guarda para las eucaristías y una pila bautismal. En sus paredes había pinturas coloniales, hornacinas, imafrontes, velos, pandeoros y tallas de madera.
Durante la visita pastoral de 1769, realizada por el presbítero Francisco Javier Echevarría, esta Iglesia Matriz poseía muchos bienes religiosos: una venera de oro con diamantes y esmeraldas; dos pares de zarcillos de oro de broquelitos; un par de candaditos de oro; tres tembleques de diamantes; una gargantilla de perlas con peso de media onza; un cetro de oro; una cadenita de oro; un rosario jerosolimitano y uno de perlas; una cruz de cristal; dos sortijas de oro y un picaflor de oro.
Detrás de la iglesia estaba el convento. Dicen las tradiciones que tanto el templo como el claustro eran las únicas edificaciones que tenían techo de tejas en el pueblo. Pero el convento era realmente famoso por su coro de indios, quienes cantaban alabanzas sacras en quechua y castellano, acompañados por un órgano de tuba y bajo de dirección de un maestro de canto gelaciano.
Este convento «que por sus ornamentos y retablos y galantes adornos de pinturas pudiera figurar en cualquiera de las mejores ciudades de Europa», a decir del dominico Juan Meléndez, se destruyó durante el terremoto de 1776.
En 1799 la prelatura decidió construir en la Plaza del Comercio (más delante de la Constitución) una Iglesia Matriz, que en el futuro sería consagrada como nuestra Catedral, en lugar de la antigua iglesia de la Santísima Trinidad de la Plaza Huamanmarca, ya desparecida. La catedral empezó a construirse el 18 de marzo de 1799 y se concluyó el 2 de marzo de 1831. Durante mucho tiempo fue conocidomo como “cuto torre”, porque quedó inconclusa y, hasta la década de los treinta del siglo XX, le faltaba un torreón.

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