sábado, 18 de septiembre de 2010

Entrevista a Hernán Romero

“El actor es un estudioso del alma humana”

Juan Carlos Suárez Revollar

Hernán Romero (Callao, 1942) llegó a Huancayo para dictar un taller de teatro y para interpretar un monólogo sobre el Evangelio según San Marcos, un espectáculo que ha sido visto por más de 25 mil personas por todo el mundo. Se trata de uno de los principales actores —y una de las voces más autorizadas— del país, no sólo del teatro, sino del cine y la televisión. Concedió a Solo 4 una entrevista que reproducimos a continuación.

¿Qué nos puede decir del teatro peruano?
El teatro peruano tiene un gran futuro. Hay una gran cantidad de elementos jóvenes, tanto en la actuación, como en la dirección y en la dramaturgia. A diferencia de cuando yo empecé, hace cincuenta años, y ensayábamos tres meses para hacer tres funciones; ahora se ensaya tres meses para hacer temporadas de seis meses. Vamos avanzando.

¿Es eso influencia de la forma de trabajo de las grandes compañías teatrales europeas o estadounidenses?
No, yo más bien creo que es la inquietud de los muchachos, que han visto esa labor quijotesca de quienes veníamos desde antes. De alguna manera hemos sembrado y ellos están cosechando.

Últimamente se ve con más frecuencia un teatro más intelectual en el Perú.
La finalidad del teatro es educar. Existe un teatro digestivo, de la risa, que también es válido porque así como el ser humano necesita dormir, necesita también reír y pasar un buen rato. Ese tipo de teatro que no deja ningún mensaje, sino que lleva momentos de hilaridad y de diversión es también necesario. Pero otro tipo de teatro más comprometido es el que deja en el espectador una inquietud, y le hace salir del teatro cuestionando algo de la conducta humana, pensando en los motivos que inducen al ser humano a adoptar tales o cuales actitudes y determinaciones. Esa es la finalidad del teatro, despertar en el ser humano la necesidad de confrontar y cuestionar en sí mismo sus conductas.

Pero ese tipo de teatro es más difícil de poner en escena y de llegar al espectador.
Yo no hago ninguna diferencia entre el teatro comercial y no comercial. Todo es comercial. Yo acabo de hacer muchas temporadas, Las manos sucias, de Jean Paul Sartre, Cristales rotos o Las brujas de Salem, de Arthur Miller, que es teatro artístico, y con la sala llena los cinco meses. Eso de lo comercial y no comercial debemos empezar a dejarlo de lado. Ahora que si hacemos una obra con el propósito de llenarnos de dinero, eso ya no es válido. Yo hago una obra con el propósito de divertir a la gente o de transmitir un mensaje. Esos son los objetivos, el resto viene por añadidura, como resultado del respeto por el trabajo y por el público.

Recuerdo de mi niñez una telenovela que veía con mi madre, El hombre que debe morir, en que usted interpretaba al malo de la historia.
Esa telenovela la dirigí yo. Era un psicópata, un hombre enfermo que había visto a su madre teniendo relaciones con un esclavo en un plantío de algodón, y estaba traumatizado por eso. Y era un lindo personaje. Los personajes con conflictos, retorcidos, le plantean al actor posibilidades de mostrar versatilidad, temperamento, posibilidad de cambio. Fue un trabajo muy grato para mí. Además, cuando murió ese personaje, Otto Müller, a pesar de que era el malo, la gente lloró. Y si tú no me crees, hace poco en Cusco me reconocieron por Otto Müller, lo mismo en Juliaca.

¿Alguna otra participación actoral, a su juicio, memorable?
¿Memorable? Demasiado pretencioso, yo no me puedo juzgar (risas). No voy a opinar acerca de mi trabajo. Personajes que me hayan gustado muchísimo, en el teatro, por ejemplo, don Juan Tenorio, el que hice en Los cristales rotos, en La celebración o en Las brujas de Salem. Son personajes llenos de vida interior, llenos de carga, que permiten al actor una investigación. El actor es un estudioso del alma humana.

¿Y qué nos puede decir del cine?
Yo he estudiado cinematografía con Armando Robles Godoy, quien ha fallecido recién. Era mi maestro, que en paz descanse. He dirigido cortometrajes, publicidad, televisión. El cine es un lenguaje distinto al del teatro. En el teatro tenemos un gran plano general, dentro del cual los actores se mueven. El cine tiene la particularidad de que la cámara se acerca, se aleja, se mueve, y tiene su propio lenguaje. La cámara apoya el momento dramático con el movimiento. Un ejemplo de cómo su movimiento puede crear terror es El resplandor, de Stanley Kubrick. Comienza con un travelling por un pasillo vacío, donde un chiquito va entrando desde un primer plano hacia el fondo en un triciclo que suena ¡chic!, ¡chic!, y eso le pone a uno los pelos de punta. El cine presenta al actor posibilidades expresivas insospechadas, porque con una mirada en un plano cerrado uno puede expresar lo que está sintiendo. En el teatro a la cuarta o quinta fila la expresión del rostro se pierde, entonces hay que expresar más con el cuerpo. En el cine se puede susurrar, en el teatro hay que hablar fuerte, porque son 500 o 600 personas que tienen que escuchar lo que se dice.

El cine, a diferencia del teatro es, digamos, imperecedero, porque deja un registro.
El teatro es similar a la vida; ambos empiezan y terminan, no dejan un registro, salvo algunas fotos amarillentas de los abuelos por ahí. En el cine sí hay los registros, pero cuando vemos los de las películas de los años cincuenta nos da risa. Por ejemplo, cuando yo estudiaba Historia del cine, veía Frankenstein, Nosferatu o los primeros Drácula; eran películas que hacían gritar a la gente. Ahora las vemos con otros ojos, y sonreímos. Respetamos el talento de sus directores, pero las épocas son otras. En el teatro, cuando se graba, no queda bien, no es grato de ver, pierde encanto, pierde magia. Si se quiere grabar, pues en estudio, y hacemos un montaje cinematográfico o televisivo.

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