martes, 24 de julio de 2012

Taita Cristo, entre lo profano y lo religioso


Héctor Meza Parra


Esta obra breve de Eleodoro Vargas Vicuña contiene ocho cuentos de corte rural, y nació primigeniamente con el título de “El cargador” en la ciudad de Lima. Según confesó el propio Eleodoro a Roland Forgues, la obra ingresó a los talleres con ese primer título, pero saldría meses después, en 1964 como “Taita Cristo”.
¿Cómo concibió la obra? Nació en circunstancias que era estafado por un amigo y era consciente de ello. Cuando sucedió lo que esperaba, llegó a casa y le contó a Enedina, su esposa, la pequeña tragedia. Ella le miró a los ojos como a un niño desprotegido y le ordenó: “desfógate”. Eleodoro obedeció, se puso el abrigo negro y fue a sentarse a la máquina para empezar a escribir con cierto rubor en las mejillas: “Cómo es el tiempo, ¿no? Da que reír. Da también que sufrir”. Precisamente con esas palabras da inicio a su libro de cuentos “Taita Cristo”.
Como hecho anecdótico, el final del mismo, lo tomó de otra experiencia en una fiesta de carnavales en Chosica, cuando vio a un hombre que decía estar enamorado y subía al árbol, enhiesto y borracho, adornado la cabeza de serpentinas y cargando en hombros un tronco. Pretendía que lo aplaudieran por la hazaña pero nadie se percató, mucho menos la mujer a quien quería impresionar. Al segundo, el tipo, por un descuido, cayó de una de las ramas enterrando la cabeza en el barro. Eleodoro que observaba discretamente, se echó a reír para sus propios reinos. A ello obedece el final del cuento: “De cerca, recogidos, vemos: un rostro de sangre en un rostro de barro”.
“Taita Cristo” reúne otros cuentos con una riquísima filosofía andina: “La Pascualina”, “Pobre negro”, “Tata Mayo”, “En la altura”, “Ojos de lechuza”, “El desconocido” y “Memoria por Raúl Muñoz Mieses”. ¿De qué trata “Taita Cristo”? Es la historia de un anciano llamado Alejandro Guerrero —inspirado en la vida de su primo Alejandro Vicuña— que lucha contra sí mismo. También es la peregrinación del hombre que carga el anda en Viernes Santo a sabiendas que con ese acto comprometerá su quebradiza salud. Durante el recorrido cae muchas veces, representando el Vía Crucis. Incluso, muchos le echan burlas a su paso. Lo admirable está en que lleva cargando 39 años el anda y pareciera no bastarle.
Pese a su estado de salud no está dispuesto a que nadie lo reemplace. Es un viejo terco que juega cada Semana Santa con la muerte. En un principio lo hace por fe y después por pura hombría, y por último, no tanto por él, sino por el pueblo de Acobamba que ha encontrado en los huaracaínos a sus enemigos, así él se levanta como su salvador.
El recorrido de la procesión es épico y se da bajo la lluvia, pese a que va perdiendo la conciencia. En esas circunstancias, alguien lleva a la madre para que lo vea agonizar. Ella sufre y ayuda con sus ruegos y lágrimas a que soporte el largo peregrinaje; es más, cada vez que puede, lo reanima soplándole aguardiente en la frente. En este caso, la madre, actúa como la Dolorosa.
Finalmente, el viejo Alejandro, quien se encuentra desfalleciente, pone una cara de felicidad al saber que ha salvado el honor y ha cumplido una vez más con su promesa dada al pueblo. Su madre entre sollozos mira a la gente y siente que su hijo, aunque haya muerto, ha nacido, esta vez para la gloria y la santidad.
De manera que, si habría que hablar de santos, encontramos en este personaje el símbolo de Cristo que sufre y deja en el camino la huella de su sangre. Finalmente, están los huaracaínos —los del otro barrio— como la gente romana burlándose y esperando la inmolación. Cerca de él lo acompañan los acobambinos como los judíos, que lo ven y sufren, pero que no hacen nada. En definitiva, Alejandro Guerrero representa la batalla que se da contra el mundo y contra uno mismo.
Si bien los españoles impusieron el idioma, no pudieron sobornar la sintaxis y la metáfora andina, que como en este caso, Eleodoro nos demuestra con un español dulce, poético y quechuizado. Por ejemplo, cuando sale una voz del gentío refiriéndose a su madre que dice: “¿Por qué trajeron a la mama Juliana, a ella que ya está en camino?” —es decir, “camino a la muerte”—, o esta otra, que murmura el pueblo refiriéndose al personaje principal que persiste en cargar el anda: “Ya no es sino el querer llegar”.
El cuento “Taita Cristo” es la “Crónica de una muerte anunciada” o, tal vez, un “Fuente ovejuna”, donde todos son culpables. El argumento tiene el acopio de la obra El viejo y el mar, porque de alguna manera Alejandro Guerrero es el remedo del viejo Santiago, enseñando la valentía, la dignidad, la perseverancia, el dolor, y sobre todo, el querer demostrar que nunca se está viejo para nada.

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