martes, 16 de abril de 2013

Solo 4. Edición 465, del 13 de ABRIL de 2013. Año IX


LA CITA:

«Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino para morir (…) El clima de su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que solo podía ser el olor propio de su belleza.»

Gabriel García Márquez, “La bella durmiente”

LO ÚLTIMO: WhyNot magazine nº 15


La revista cultural, “WhyNot” ha legado a su número 15. Su formato innovador, de bolsillo, junto a su gran calidad en diseño, impresión y contenidos, la han hecho la favorita de su público lector.
Como ustedes saben, este proyecto universitario nació hace un par de años y ha concitado positivamente la atención de críticos y expertos en temas editoriales. Es un producto hecho exclusivamente por jóvenes de nuestra región, que, a pesar de las dificultades por sacar adelante un producto de este calibre, lo venden al menor precio (S/.1.00).
En este número usted podrá encontrar un homenaje a nuestro gran escritor nacional, Oswaldo Reynoso; una reseña dedicada a Cancialina Laureano, eximia difusora de la faja wanka; o una crónica sobre las curiosidades de Semana Santa. Además, fiel a su estilo, trae para ustedes un variado portafolio sobre el Huaylarsh; sobre Antonio Páucar, uno de nuestros artistas que triunfa en Europa; u otro con la obra del extraordinario fotógrafo de Magnum, Steve McCurry; como también las acostumbradas infografías, entrevistas, cine, cómic y mucho más. Apoyemos esta iniciativa que enriquece nuestra cultura y la producción regional.

El arqueólogo peruano, al rescate del tiempo


Manuel F. Perales Munguía

El arqueólogo Julio C. Tello y el antropólogo Alfred L. Kroeber. Ambos estudiaron la cultura peruana desde sus campos. Foto: Museo Smithsonian
El 11 de abril de 1880, nació en Huarochirí (Lima), Julio César Tello Rojas, destacado científico peruano que se formó inicialmente como médico en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pero que luego, a partir de sus investigaciones sobre la antigüedad de la sífilis en el Perú, terminó dedicándose al estudio de las sociedades precoloniales andinas.
No obstante, las críticas que se han hecho a su trabajo, el legado de Julio C. Tello es bastante notable, pues gracias a él tuvimos conocimiento de aspectos importantes sobre viejas civilizaciones andinas como Chavín y Paracas, que abrieron camino a nuevas contribuciones por parte de otros especialistas nacionales y extranjeros.
En mérito a los aportes de Tello, el gobierno peruano declaró que cada 11 de abril, fecha del natalicio del llamado “Padre de la arqueología peruana”, se celebre también el Día del Arqueólogo Peruano. Sin embargo, en nuestro calendario, esta es una de las fechas que aún se encuentra entre las más desapercibidas en el país.
En nuestro medio existe aún bastante desconocimiento sobre la arqueología, se suele creer que quienes la practican son una especie de cazatesoros como Indiana Jones o, incluso, buscadores de fósiles de dinosaurios. Se ignora entonces que ésta, como una disciplina científica vinculada al quehacer antropológico, estudia de manera holística a las sociedades humanas que nos han precedido en el tiempo y que, como ya han desaparecido, muchas veces sólo han dejado rastros materiales de su existencia, como sus viviendas, templos, caminos y cementerios, además de indicios sobre su economía, religión, organización sociopolítica, tecnología, etc.
Gracias a la labor de arqueólogos y arqueólogas podemos conocer, entonces, las formas de vida de nuestros antepasados, así como sus aciertos y fracasos en la lucha por alcanzar mejores condiciones para su existencia. Esto es particularmente importante en el caso de los Andes, puesto que en este medio frágil e inestable se desarrollaron pueblos y civilizaciones que supieron hacer frente, de forma exitosa, a problemas muchas veces parecidos a los que nos aquejan hoy en día. Destaca, por ejemplo, el manejo magistral del territorio y sus habitantes, que permitieron soluciones creativas al problema alimentario, que a su vez generaron tanta admiración entre los europeos que arribaron a nuestras tierras en el siglo XVI.
De forma particular, la región central del país cuenta con un patrimonio arqueológico riquísimo, cuya investigación, conservación y puesta en uso social permitiría que numerosas poblaciones excluidas incursionen en formas alternativas de desarrollo. Es lamentable, por eso, que la mayoría de nuestras autoridades, además de muchos ciudadanos, menosprecien la importancia de nuestros sitios arqueológicos y de este modo sean cómplices de su destrucción. Debido a ello, es particularmente loable la labor de aquellos arqueólogos y arqueólogas que ejercen su profesión con ética y vocación, al servicio de la protección de nuestra herencia cultural. A todos ellos, los más sinceros saludos y felicitaciones.

COLUMNA: EL BUEN SALVAJE


El silencio de Cashamarca

Sandro Bossio

Tuve entre mis manos el borrador de una investigación que, a primera vista, me pareció de una importancia sustancial para el estudio arqueológico de la antigua región central del país: Cashamarca.
Su autor, el arqueólogo Manuel Calderón Lazo, uno de los investigadores más lúcidos y competentes del ramo, me contó que ese libro era el producto de una larga investigación realizada en el distrito de La Unión, en Tarma. Su trabajo había consistido en excavaciones arqueológicas en el asentamiento Cashamarca, respaldado por un equipo multidisciplinario conformado por arqueólogos, antropólogos y biólogos, con cuyo concurso fue posible reconstruir el proceso histórico del Antiguo Perú en nuestro ámbito. Manolo —como cariñosamente llamamos a este calificado profesional— me comentó que el libro iba a ser publicado con el auspicio de la empresa Cemento Andino.
Le perdí la pista a la publicación, hasta que, no hace mucho, me encontré con el autor y le pregunté por la obra: finalmente, había sido publicada hasta en dos ediciones diferentes (una en tapa corriente y otra en cartoné), y distribuida a las principales instituciones culturales y políticas del país. Sin embargo, éstas guardaron absoluto silencio.
Me hice de un ejemplar y, después de leerlo, reconfirmé mi primera impresión: se trataba de un libro apasionante, en el que no solo encontramos el fruto de un trabajo arduo y juicioso en la franja de los antiguos tarama-chinchaycochas, sino sobre todo un estudio técnico que profundiza la relación de éstos con los huancas y las culturas zonales. Abría, en todo caso, un nuevo panorama sobre el planteamiento al que estábamos acostumbrados: es incuestionable la presencia huanca en la zona tarama; en ese lugar concurre también influencia del norte (yarush); esta etnia manejó mecanismos de reciprocidad asimétrica con grupos vecinos.
Luis Elías Lumbreras, en el prólogo, nos da más luces: «Encontramos una explicación histórica bastante bien documentada del papel social y político que jugaron los pueblos de esta región en una época caótica y de anarquía, de recomposición de la fortaleza de las identidades locales. En los estudios arqueológicos de Cashamarca, que Manolo Calderón y sus colaboradores presentan, podemos perfilar un acercamiento bastante preciso a esa realidad histórica, nos acerca a la explicación social del carácter de una organización urbana compleja, a través del modelo político de jefaturas locales y su impacto en las sociedades pastoras y agrícolas de su tiempo».
Se me ocurre pensar que, teniendo un libro tan esclarecedor como este, las instancias culturales lo vieron como un documento peligroso capaz de cambiar una falsedad consuetudinaria, de modo que prefirieron no revelar el texto, invisibilizarlo, para no tener que enfrentar engorrosos esclarecimientos. O, peor aún, que a nuestras instancias culturales no les interesa para nada el estudio arqueológico serio y, por ello, ni siquiera lo han leído.
Como fuere, es momento de valorar este sustancial estudio que merece una razonable atención y una más justa difusión.

La literatura oral en latinoamérica


Isabel Córdova Rosas


La literatura oral ha servido de base para el nacimiento de las literaturas nacionales en todos los países y continentes. En américa, ha sido la oralidad tradicional el elemento fundador del arte de la palabra. Está tan arraigada que, hasta nuestros días, los más notables escritores, desde México a la Patagonia, continúan haciendo uso de ella como referente, notablemente sincretizada con la mejor tradición del buen uso de la lengua española.
De esta sorprendente amalgama surge la obra literaria de autores que en muchos casos han recibido el Premio Nobel o distinciones como los premios Cervantes o Príncipe de Asturias. Nombres como Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, César Vallejo, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Arturo Uslar Pietri, Augusto Roa Bastos y Octavio Paz. Es decir, las más importantes plumas de latinoamérica tienen en sus obras esa maravillosa mezcla literaria de lo español y americano.
El novelista guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1889-1974), Premio Nobel en 1967, durante su exilio en Londres tradujo al español el “Popol Vuh” que le valió para redescubrir la literatura oral del mundo Maya y lo plasma en su primer libro “Leyendas de Guatemala” (1930). Poco después escribiría “El señor Presidente”, “Hombres de maíz”, etc., con innegable raigambre oral que le permitieron convertirse en el segundo escritor hispanoamericano en conseguir el galardón de la Academia Sueca.
El gran poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973), Premio Nobel 1971, hace algo similar en su obra “Canto general”, voluminoso libro que recrea en verso la historia del continente americano, desde la creación del mundo hasta nuestros días. Las descripciones de la flora y la fauna. Los nacimientos y desarrollos de las culturas. Así como el canto épico más bello que se ha escrito a los restos arqueológicos de Machu Picchu. Neruda volvió a lo largo de su obra poética a sus raíces americanas.
Sin duda, el autor peruano de “España aparta de mí este cáliz”, César Vallejo (1892-1938) es uno de los más grandes poetas de América y otra prueba evidente del gran sincretismo cultural. Su lenguaje coloquial, con esquemas y recursos andinos escritos con una profunda sensibilidad, otorga a su poesía valores universales inextinguibles.
El escritor colombiano Gabriel García Márquez (1928), Premio Nobel 1982, es uno de los novelistas más importantes de Hispanoamérica. Recrea el mundo caribeño a través de una mezcla de oralidad, historia relatada a nivel popular y realismo mágico. La aparente realidad de Macondo y sus generaciones de caudillos y de amores prohibidos albergan imágenes y símbolos, que representan la amalgama del indígena americano, del africano y  los de origen europeo. “Cien años de soledad”, “El amor en los tiempos de cólera” y sus otras novelas son el triunfo de la conciliación entre lo humano, cultural y lingüístico.
Juan Rulfo, escritor mexicano (1918-1985), rescata la esencia de la “mexicanidad” en el lenguaje, a través situaciones y temas. Hay un gran armonización de la religión católica con el ancestral culto a la muerte de los aztecas, del caudillismo occidental y de la rebelión indígena. La magia, la superstición, el sentido hierofánico que Rulfo otorga a sus relatos y en su única novela “Pedro Páramo”, constituyen una muestra brillante de la oralidad.
Mario Vargas Llosa, excelente escritor peruano (1936), Premio Nobel 2010, en “El hablador” consigue poner ante sus lectores el permanente fenómeno de la oralidad y el sincretismo peruano. Recrea literariamente la mitología de los machiguengas, fruto de la gran imaginería popular y sobre todo oral. En “La casa verde”, “Conversación en La Catedral” y en “El sueño del celta”, introduce también elementos orales.

La Capilla del Copón de la Inquisición


Carlos Villanes Cairo


Ahí, al pie de la montaña escarpada en piedra viva, encima de la peana de un cristalino riachuelo, los wankas construyeron un adoratorio a su enseña tutelar: el dios Wallallo, porque en los días de cielo transparente se puede ver el nevado Huaytapallana, donde permanece prisionero el todopoderoso señor de estas tierras, rodeado de cuatro montañas de nieve; son sus hermanos que lo custodian, y cuya genealogía describió el cura Francisco de Ávila.
Debió de ser un santuario parco, pero imponente y bello. Construido con menudos bloques de piedra labrada, con algunas habitaciones para los oficiantes y una pequeña explanada exterior para rendir culto a Wallallo, especialmente en los atardeceres rojizos con filos de nevazón dorada en las montañas.
Un día aparecieron los bárbaros barbudos, al mando de Francisco Pizarro y el padre Valverde, y deslumbrados por el primor del santuario ordenaron: «Arrasadlo todo», dijo el cura. Y el ex porquerizo extremeño: «Oro que encontréis, en propiedad común», quería decir: «la mitad para vosotros, y la otra para mí y un décimo para el rey». Embrujados por el presunto tesoro no dejaron una piedra en pie, tampoco consiguieron mucho oro, pero sí objetos de arcilla, mates de calabaza, mantones de lana bordada y ofrendas para el dios.
El explícito servicio religioso del adoratorio inspiró a Valverde la construcción de una capilla. A 3 km de allí se arrasó un poblado wanka y sobre sus cenizas se fundó la villa de Santiago León de Chongos Bajo, destinando terrenos para una iglesia matriz, la residencia de los nuevos señores y se erigió una pilastra llamada Cani Cruz, “Cruz que muerde” —y a la que algún fanático masón le ha puesto un símbolo de su camada—.
Los chonguinos no aceptaron a los nuevos hombres ni a los nuevos dioses. Se autorizó el funcionamiento de la Inquisición y eligieron como sede la capilla devastada y la llamaron “Capilla del Copón de la Inquisición”, porque tenía un cáliz y una custodia más grandes que las fabricadas con el oro de Cajamarca. Le adosaron pequeñas habitaciones laterales que sirvieron de cárcel—hoy han desaparecido—, aprovecharon una gran piedra cercana para castigar feroz y públicamente a los herejes en la denominada Plaza de la Inquisición.
Instituida el 25 de julio de 1534, día de San Santiago, que de matar moros en África pasó a matar indios en América, la nueva villa de Chongos adquirió el rango de Gobernación y de allí salieron los frailes dominicos que ayudaron a Jerónimo de Silva, en 1571, a fundar Huancayo.
Convertido en Taita Shanti, el 25 de julio, por la mañana se le reza y luego día y noche se baila el Santiago, a los ocho días la octava y a los 16 el octavario. En abril nacen muchos niños gracias a esas fiestas, mientras el Santo, montado en su caballo blanco, cabalga por el cielo disparando rayos en días de lluvia, y cuando aparece un torbellino de viento y granizo, en forma de remolino, trata de fulminarlo a rayo limpio, mientras el tornado, que no es otro que el antiguo Amalu de los wankas, quiere subir y esconderse en una nube.

PERFUME DE MUJER:


El arte de amar

Ovidio Nasón


Créeme, no te afanes en llegar al término de la dicha; demóralo insensiblemente y la alcanzarás completa. La cúspide del placer se goza cuando los dos amantes caen vencidos al mismo tiempo. Esta es la regla que indico, si puedes disponer de espacio y el miedo no te obliga a apresurar tus robos placenteros; mas si en la tardanza se esconde el riesgo, es preciso bogar a todo remo y clavar el acicate en los ijares del corcel.

BREVIARIO: “FELIZH 2013”: próximo cierre de concursos


Falta menos de un mes para que el cierre del V Concurso Nacional de Cuento y el IV Concurso Nacional de Poesía “Premio FELIZH 2013”. Los ganadores del primer puesto en ambos certámenes viajarán a México por cuatro días para asistir a la 27° edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2013.
La fecha de cierre es el viernes 10 de mayo. Los interesados pueden encontrar las bases en la página www.feriadellibro.com.pe y entregar sus trabajos en las oficinas del diario Correo, jirón Cusco N° 337, o en la editorial gráfica Curisinche, jirón Cusco N°416 – Huancayo.
El jurado del concurso de cuento está conformado por el escritor y poeta Abelardo Sánchez León, la escritora y poeta Catalina Bustamante, y el escritor y periodista Fernando Ampuero. Mientras que el jurado del concurso de poesía lo integra el escritor y poeta Mirko Lauer, el poeta Arturo Corcuera y el ensayista Abelardo Oquendo.

La memoria olvidada


Enrique Ortiz Palacios


 He terminado de leer “Memorias de un soldado desconocido” y he podido, por primera vez, saber la versión del otro, del “terruco”, del malo. Digo esto porque leyendo “La cuarta espada” de Roncagliolo, percibo que esos desalmados fanáticos, como Abimael y Elena, no guardan ni un atisbo de arrepentimiento, cosa curiosa, ya que ellos obligaban a los suyos a participar en las sesiones de crítica y autocrítica.
Lurgio Gavilán es de aquellos que ha tenido el “privilegio” de desfilar por las instituciones que se hacen llamar tutelares: el ejército y la iglesia. Además de ello, ha sido un senderista a la edad de doce años. Así que su testimonio es de primerísima mano.
Su historia está contada de manera sencilla, directa, sin ambigüedades. La crudeza de muchos hechos narrados es tan espeluznante que uno no termina por entender qué desencadenó tanta violencia, qué sentimiento tan brutal anidó Abimael. Tal vez, este monstruo se aprovechó de las tremendas desigualdades sociales, de esas diferencias que todavía no han logrado acortarse. Por eso, es necesario no olvidar, recordar esos momentos, de lo contrario, estamos propensos a repetirlo.
Memorias de un soldado desconocido debe ser una lectura obligatoria para nuestros jóvenes y también podría servirle mucho al presidente de esta región que en sus palabras y gestos todavía percibimos resentimiento y odio. También le serviría a las autoridades para que, haciendo un acto de reflexión, dejen de meter la mano al dinero que les hemos encargado administrar.
Porque Lurgio nos demuestra que si el Estado se preocupara por mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, otra sería la historia. Pues todavía pervive entre nosotros ese afán mezquino de solo mostrar una versión de la historia. Aún escuchamos esos discursillos seudomarxistas o maoístas que pregonan que el único camino para el cambio verdadero de nuestra sociedad es a través de la muerte, la guerra, la violencia; ya sabemos que ello solo desencadena más violencia y deja secuelas que, hasta ahora, nuestra nación no ha podido curar. Este libro nos sirve de mucho para defendernos de ellos, «de los profetas del odio», como diría Portocarrero.
Transcribo algunas líneas del autor: «Los recuerdos son como un viaje a través del tiempo infinito, es volver a la tierra que te vio llorar, crecer y reír». Estas otras líneas impactan, pues explican, de alguna manera, la versión del otro, del no escuchado, del que no tiene voz. Es una respuesta al artículo “El síndrome del perro del hortelano” de nuestro último presidente: «Se les resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga: aquellos parajes son tierras ociosas, baldías para Alan García, pero para los campesinos esas rocas enormes son los dioses y gracias a ellos producen sus tierras; de ahí manan las aguas que calman la sed y riegan las sementeras de la vida. Las tierras del olvido también son importantes».
Para terminar, unas líneas que nos obligan a reflexionar sobre la necesidad de no olvidar: «La población no habla mucho de tales sucesos, no habla mucho de sus memorias», Lurgio Gavilán.

lunes, 8 de abril de 2013

Solo 4. Edición 464, del 06 de ABRIL de 2013. Año IX


LA CITA:

«Todo niño es un artista que canta, baila, pinta, cuenta historias y construye castillos. Los grandes artistas son personas extrañas que han logrado preservar en el fondo de su alma esa candidez sagrada de la niñez.»

Ernesto Sábato, La resistencia

LO ÚLTIMO: Edición de homenaje a Cancialina Laureano y la faja huanca


Cancialina Laureano nació en Viques (Huancayo), en 1926. En su prolífica existencia consolidó notablemente su trabajo como tejedora de fajas o “watraku”, que conservó y heredó de su familia. Sus tejidos se han paseado por el mundo, y la han convertido en una de sus más notables cultoras de este arte.
Falleció hace exactamente un mes, el 06 de marzo, es por ello, que con esta edición queremos rendir un especial homenaje a su extraordinaria labor y a la faja, ese elemento que por sus virtudes estéticas y técnica milenaria, hoy, nos enorgullece tanto como ella.
Además, con la intención de conservar el trabajo de Cancialina Laureano y todas las tejedoras de las comunidades de Viques, Breña y Huacrapuquio, hace pocos días, se conformó una comisión que tiene la finalidad de elaborar el expediente para obtener la declaratoria del “watraku” del valle del Mantaro como Patrimonio Cultural de la Nación.
En los próximos días se iniciarán las labores de campo, que permitirán recolectar los testimonios, conocimientos y experiencias de las tejedoras de las comunidades mencionadas, para luego proceder a su sistematización.
La comisión está encabezada por el eximio artista popular Pedro González Paucar, e integrada por el personal del Área de Patrimonio Inmaterial Contemporáneo de la Dirección Regional de Cultura, además de contar con la asesoría de la investigadora María Elena del Solar, experta en textiles andinos, voces importantes que se unieron también para este número especial de “Solo 4”.

Cancialina Laureano y su herencia patrimonial


María Elena del Solar D.

Foto: Archivo Pedro González
Una de las fuentes primordiales para la comprensión de la transcendencia del tejido en el mundo prehispánico fue escrita por el etnohistoriador, de origen ucraniano John Murra, en 1962, quien, más allá de la virtuosidad técnica de los “cumbicamayoc”, destacó la importancia de la función cumplida por los textiles en todas las esferas de la sociedad inca.
Más adelante, diversas perspectivas en la aproximación al estudio de los tejidos andinos han producido notables avances en el conocimiento de las técnicas, de las funciones económicas, sociales, rituales e ideológicas, tanto como en sus cualidades estéticas y de representación iconográfica. Todas conducen al entendimiento de la alta complejidad técnica, así como simbólica, de los tejidos andinos.
Tramadas en el mismo telar de tradición andina, de varillas móviles y una  estructura extremadamente simple, las fajas del valle del Mantaro, llamadas “watraku” en lengua huanca, constituyen una hermosa muestra de la persistencia de una prenda antigua, que hombres y mujeres del campo continúan vistiendo cotidianamente. Aunque el modelo de faja que conocemos implica una combinación de probables diseños prehispánicos, coloniales y republicanos, la técnica de producción conserva la tradición del tejido en telar de cintura de origen prehispánico, recontextualizada en procesos modernos como son la extrema movilidad poblacional, y la migración y expansión de los mercados de la región.
La construcción de la memoria nos refiere a problemas no solamente de la tradición sino también de las diversas maneras de su transmisión. Por lo general, su confección está a cargo de las mujeres, con algunas pocas excepciones, y la transmisión de este conocimiento especializado se da en el espacio familiar, donde hoy encontramos a niñas de doce años expertas en su producción, que además contribuyen con su venta al ingreso familiar.
Lo interesante aquí es resaltar procesos internos, o desde adentro, asociados a la consolidación de una identidad local, donde se reconfiguran y recrean elementos que van a representar, de manera notable, al grupo.
Desde las últimas décadas, esta tradición rural del empleo de fajas de cintura, extrapolada a la esfera urbana, ha entrado en gran vigencia influyendo de manera notable en su consumo local, como parte imprescindible de la vestimenta que acompaña los eventos performativos de la identidad huanca, entre la multitud de jóvenes danzantes de Huaylarsh. Éstos compiten en importantes concursos desarrollados en los diversos distritos de Huancayo y Lima, en la temporada de carnavales.
Es decir, no es la estandarización de una prenda destinada a su comercialización como recuerdo de una visita al Perú, es más que eso, es su incorporación como parte de una vestimenta que identifica a quien la porta como miembro de un territorio particular y de una comunidad étnica.
Conocí poco a doña Cancialina Laureano —magnífica tejedora de fajas— en el ámbito de la Asociación “Kamaq Maki”, extraordinario proyecto que logró rescatar y revitalizar muchas de las líneas artesanales más representativas del valle del Mantaro, allá por la década de los 80, gracias al tesón y entrega de doña Francisca Mayer y del equipo de artistas populares que la acompañaron sin desmayo. Las finas fajas tejidas por doña Cancialina lograron preservar la calidad de los diseños, en la justeza de las proporciones y la delicadeza de las tonalidades naturales, que destacaban el dibujo sobre el fondo listado.
Nadie como ella para mantener generosamente dispuestos los 840 hilos de la urdimbre —cuando el patrón actual alcanza escasamente los 440— distribuidos en los tres lisos que controlan los sectores de color. Otra excelencia de la diestra tejedora ha sido el mantenimiento y transmisión de este particular sistema de ideas, que configura una lógica matemática para escoger los pares de hilos y desarrollar los dibujos, desde la memoria, en las dos caras de las urdimbres complementarias.
Cancialina Laureano nunca recibió un homenaje oficial en vida, ella tejía recreando la cultura heredada de sus padres y estaba orgullosa de su tarea. Su aporte como portadora de la memoria del tejido tradicional huanca, recogido afortunadamente por su hija Blanca Huamán, abre perspectivas para incorporar este importante conocimiento especializado del tejido de fajas, de la zona sureña del valle, al gran panorama cultural e histórico del Mantaro y al mapa textil del país, reivindicando su valor patrimonial.

Adiós, mamá Cancialina


Pedro González Paucar

«Tengo grabada, en mi corazón, la imagen de encontrarla sentada en su corredor, con el telar estirado del poste a su cintura». - Foto: Soledad Mujica
Cancialina Laureano Marín, la tejedora del “challpi wathrako” (faja multicolor), partió de viaje a la eternidad el 6 de marzo. Su ausencia afecta profundamente y enluta el arte popular. Nos indigna que, en vida, no haya sido reconocida por autoridad alguna, siendo una de las más grandes exponentes de la textilería tradicional Wanka y del Perú.
Desde 1979 hasta mediados del 90, nuestra querida Cancialina —junto a otros artistas renombrados— perteneció a la asociación de artesanos “Kamaq Maki”. Gracias a su talento, sus tejidos se encuentran en colecciones, estudios y museos de Europa, Japón y EE.UU. Ha sido más conocida y respetada en el exterior por especialistas en textilería que en el Perú, donde solo un puñado de admiradores y artistas la frecuentábamos.
Para apreciar y comprender el valor de su trabajo, se requiere tener cierta sensibilidad y conocimiento de su uso, reconocer sus texturas, conocer el leguaje de sus figuras, la aplicación de los tintes naturales a sus hilos y más.
Para los conocedores, las fajas de Cancialina siempre despertaron admiración por su alta calidad artística, por la complejidad de su técnica y la armonía de sus colores. Para tener una idea, una faja de 10 cm contiene como mínimo 840 hilos de urdiembre y, a lo largo de 190 cm, desfilan un sin número de figuras estilizadas conservando aun las estructuras prehispánicas.
Pocos fuimos los que tuvimos la suerte de conocerla y el privilegio de recibir, alguna vez, sabias lecciones de la lectura iconográfica de la faja. Con su español entreverado con “Wanka limay” (hablar Wanka) y su risa fácil, se dejaba entender, inspiraba afecto, respeto y ternura. Me temo que con ella perdemos a la heredera de un conocimiento que viene desde hace miles de años.
Cancialina nació en Viques, en 1926, fueron tres hermanas las que aprendieron el arte de tejer de su madre María Marín, y ella, a su vez, lo recibió de la suya, Antonia Sinche. Guardaba entre sus prendas, como una joya, la faja fina de “pampa” azul de su mamá (gastada los bordes por el uso) que, de vez en cuando, mostraba para usarla como modelo.
Me contó que a los 12 años ya dominaba la “kallwa” (telar de cintura) y, a los 17, se inició llevando a la feria dominical sus tejidos. Nunca tuvo un puesto, solo colocaba su manta en algún rincón y ofrecía su trabajo a los turistas. En los últimos años, continuó tejiendo,  pero solamente por pedido.
Vivió en su casita de adobes y tejas, en la esquina de la plaza de Viques. Tengo grabada, en mi corazón, la imagen de encontrarla sentada en su corredor, con el telar estirado del poste a su cintura, concentrada con los dedos en la urdiembre, haciendo el “aklay” (selección de los hilos para la figura). Mamá Cancialina trabajó hasta que se derrumbó el techo de su habitación principal y, con ello, se desprendió el poste del corredor, por lo cual ya no pudo «estirar su urdiembre». Los últimos años, los pasó quejándose de sus hijos que no repusieron la columna para proseguir con su arte.
Con el viaje sin retorno, cierra una etapa y deja el camino de la creación a su hija Blanca Huamán (ganadora de un concurso nacional de tejidos el año pasado), para seguir las huellas de su extraordinaria madre. Esperamos que así sea.

La faja, milenaria prenda andina


Manuel F. Perales Munguía

Fotos: Archivo Pedro González
En los Andes, la actividad textil ha tenido gran importancia desde la época misma de la llegada de los primeros seres humanos a este territorio, tal como demuestran varios hallazgos que datan de los tiempos del periodo Precerámico. A partir de entonces, con el transcurso del tiempo, la textilería fue alcanzando paulatinamente niveles más altos de expresión estética y calidad técnica, que se pueden apreciar en los magistrales tejidos de pueblos como Paracas, Huari o Chancay.
En los tiempos del Tahuantinsuyo, los textiles cumplían un papel central en la política, al ser considerados elementos con los que se podían pactar acuerdos o sellar alianzas, entre líderes locales y funcionarios del Estado. El propio Inca solía regalar prendas muy finas, o ropa del tipo “cumbi”, a quienes le demostraban lealtad.
Por otro lado, en el aspecto mágico-religioso y ritual, la ropa servía también como un recurso que protegía a su portador de los malos espíritus o maleficios. En este sentido, gracias al estudioso John Murra, hoy sabemos que cuando había enfrentamientos bélicos entre bandos opuestos, se buscaba quitarle la ropa al enemigo, creyendo que con ello se le causaba daño y se le podía vencer.
Un tipo de prenda que ha tenido una fuerte presencia, como parte del vestuario de las poblaciones andinas prehispánicas, es la faja, cuyo uso fue generalizado en el antiguo Perú, y lo es aún en nuestros días. En cada región se le conoce con un nombre distinto e, incluso, en la sierra central peruana esta diversidad de términos es destacable. Así, por ejemplo, en Huancavelica se le denomina “chumpi”, en tanto que en el valle del Mantaro es llamada “watraku” o “watruku”, según la zona en la que nos encontremos.
En nuestra región, las fajas conservan aún muchos de los atributos que tenían sus similares de tiempos prehispánicos. Por ejemplo, todavía algunas de ellas se elaboran “por encargo”, con la finalidad de entregarlas en calidad de obsequio a otra persona, con ocasión de alguna celebración o acontecimiento especial. Asimismo, persiste todavía en varias comunidades la convicción de que esta prenda es un elemento protector frente a “daños” que podrían ser, eventualmente, causados por algún enemigo.
En el caso específico del valle del Mantaro, el uso tradicional del “watraku”, en contextos rituales y de trabajo, es todavía importante en varias comunidades, como se observa en las celebraciones de San Lucas en octubre, que marcan el inicio de la siembra, o en las fiestas de Santiago o “Tayta Shanti” en julio.
En el ámbito urbano, en ciudades como Huancayo y localidades vecinas, la presencia de la faja se ha afianzado en ocasiones como el tiempo de carnavales, donde esta prenda persiste aún como elemento indispensable del vestuario del Huaylarsh Moderno.
Por todo lo expuesto, resulta evidente que la faja es, quizás, la única prenda prehispánica que mantiene bastante vigencia hasta la actualidad. Su presencia debe considerarse, entonces, como una muestra clara de la fuerza y vigor de nuestra cultura andina, en el contexto actual de globalización. Por eso mismo, debe rescatarse su valor como referente de identidad para nuestros pueblos.

COLUMNA: UN MUNDO PERFECTO


Django sin cadenas

Jorge Jaime Valdez


Quentin Tarantino es uno de los pocos creadores que solo hace películas buenas. Incluso las que son consideradas menores como “Jackie Brown” o “A prueba de muerte” tienen un encanto indudable; las otras: “Perros del depósito”, “Kill Bill” o “Bastardos sin gloria” son soberbias, y “Pulp Fiction” es una obra maestra. “Django sin cadenas” es su última entrega y es un filme notable, que solo confirma el endemoniado talento de este alquimista del cine.
“Django Unchained” es un homenaje y una reinvención del Western, el género rey, como se le conoce, específicamente del “Spaghetti Western” o Western mediterráneo, un subgénero cuyo máximo representante fue Sergio Leone. Este tipo de cintas se rodaban en Europa, con presupuestos bajos y eran consideradas de Serie B.
Como en sus otras películas, Tarantino juega y mezcla los géneros y subgéneros que conoce muy bien por su cinefilia voraz. Puede saltar con facilidad de una situación dramática al humor, de lo normal a lo extravagante, o conmueve y divierte a la vez. También hace una revisión personal de la historia, en clave de ficción, obviamente, en “Bastardos sin gloria”, donde hizo que un grupo de judíos mataran a Hitler en afán justiciero. Esta vez, es un héroe negro que a balazos venga el abuso, el maltrato y la explotación que sufrieron los afroamericanos en el sur de los Estados Unidos, en los tantos años que duró la esclavitud.
Este western atípico nos cuenta la historia de un esclavo llamado Django que es liberado por un asesino a sueldo alemán con poses aristocráticas, para que lo apoye a encontrar y matar a unos hermanos que son perseguidos por la ley; a cambio, él ayudará al esclavo liberto a encontrar a su esposa que trabaja en la hacienda del despiadado y ambiguo señor Candie, interpretado con solvencia por Leonardo Di Caprio.
Otro talento del cineasta es su capacidad de dirigir actores, pone a artistas olvidados o subestimados en sus filmes, y ellos lucen notables. Di Caprio da la talla ante un extraordinario Christoph Waltz, o Samuel L. Jackson, su actor fetiche —sale en tres de sus cintas— que en éste hace un personaje corto pero muy bien logrado. En realidad, es él quien maneja “Candyland” y a su desalmado y sádico propietario. Compone una caracterización desagradable: un negro racista, con corazón de blanco, manipulador, intrigante y calculador. Waltz, por otra parte, se llevó el Oscar por “Bastardos sin gloria” donde interpretó a un nazi cruel y políglota, ahora repite el plato y vuelve a ganar la estatuilla encarnando a otro personaje “tarantiniano”.
La música es otro acierto, como en la mayoría de su filmografía: “Pulp Fiction” es un clásico contemporáneo en gran parte por su “soundtrack”, y ésta no es la excepción. Las tonadas de filmes del oeste se mezclan con una gran variedad de temas extraídos de la música popular. El artífice es el argentino Luis Bacalov.
La fotografía se luce al igual que la puesta en escena, y la violencia no parece terrible, sino estilizada y plástica. Es menos sangrienta que sus primeros filmes, pero incluye tiroteos y sangre a chorros como una marca personal.
También se rinde homenaje al “Django” original. En la escena donde el señor Candie observa a dos mandingos moliéndose a golpes, en la barra del bar vemos a Franco Nero, el primer Django, quien conversa brevemente con Jamie Foxx, el Django negro y justiciero. Al igual que otros cineastas, Quentin Tarantino hace un pequeño papel en la cinta, lo curioso es como desaparece: volado literalmente en mil pedazos.
Finalmente, sólo queda recomendar esta película desenfadada, fresca, lúdica que es otro gran acierto en el cine de Tarantino, a la espera de su próxima entrega que, seguramente, dinamitará otra vez los géneros del séptimo arte.

PERFUME DE MUJER:


La alfombrilla de los goces y los rezos

Li Yu


Cuando mi marido vivía, yo solía pedirle que sedujera a una criada y que lo hiciera lo más rápida y ruidosamente posible, para que la muchacha no pudiera contenerse y comenzara a gritar. Eso me transportaba y tosía, momento en que él volaba a mi cama y empujaba con todas sus fuerzas. Le hacía pasar por alto la estrategia habitual y lo arrojaba a un ataque continuo. Yo no sólo experimentaba una sensación placentera en mi interior, sino que ésta llegaba al fondo de mi corazón y me corría después de setecientas u ochocientas arremetidas.

BREVIARIO: “Los mataperros” regresan en nueva edición ilustrada



Una nueva edición de la novela juvenil “Los mataperros”, de Héctor Meza Parra, empezará a circular desde mediados de este mes. El libro, que fue elegido por la Dirección Regional de Educación de Junín para el XIX Concurso Regional de Comprensión y Producción de Textos en estudiantes del primero de secundaria, tendrá una edición popular que se distribuirá en toda la región Junín por cinco nuevos soles.
Meza Parra indicó que «este esfuerzo se hace para poner el libro al alcance de todos los bolsillos, en una edición completa e ilustrada, que busca combatir la piratería, pues los ejemplares piratas son ilegibles, tienen fragmentos mutilados y hasta graves errores de ortografía».
Esta nueva edición de “Los mataperros” cuenta con muchas ilustraciones de interiores y un diseño adecuado a lectores adolescentes, además, abre la colección “¡A leer en el cole!”, de Acerva Ediciones.
Por otra parte, se anunció el decomiso de una versión pirata que estaría circulando, e inmediatas acciones legales contra aquellos que la vengan comercializando ilegalmente.
El autor exhortó a los docentes a evitar entre sus estudiantes los ejemplares “bamba” que, por sus defectos, afectarían la comprensión de lectura y, por eso mismo, el desempeño en el próximo concurso de comprensión y producción de textos.

No hay ciudad sin espacios públicos de calidad

Máximo Orellana Tapia
The 5th Avenue: Los espacios públicos están asegurados para el ciudadano de a pie.

 Desde las pioneras y agudas observaciones de Jane Jacobs, se puede entender que uno de los soportes más importantes para que una urbe sea acogedora y humana, es la calidad de sus espacios públicos en sus diferentes niveles: suficiencia, accesibilidad, mobiliario adecuado, inexistencia de barreras arquitectónicas, etc.
Hace unas semanas, en Nueva York, donde esta celebre mujer desarrolló gran parte de su activismo en planificación y diseño urbano, luego de recorrer la impecable 5th Avenue, la bulliciosa Brooklyn o el emblemático Central Park, pude corroborar que los espacios públicos son los que caracterizan a una ciudad. Éstos constituyen una especie de “espíritu de la urbe”, ese algo que las vuelve inconfundibles, que permanezcan en la memoria y hace grato volver a visitarlas.
Este tema ha venido cobrando importancia en nuestro país, desde hace unas décadas, influenciado por intervenciones urbanas importantes a nivel mundial y por trabajos realizados en algunas metrópolis sudamericanas que han logrado revertir situaciones deplorables. Para nuestro caso, este tema requiere ser trabajado denodadamente, pues Huancayo y las demás ciudades del centro del país merecen verdadera calidad urbana.
Las instituciones de gobierno y la ciudadanía tenemos que saber construir áreas públicas que vayan más allá del adorno y la referencia “kitsch”, o cualquier otra preferencia trasnochada de algún político o técnico de turno.
El primer paso importante debe ser la toma de conciencia y sensibilización frente al comportamiento de las personas respecto a los espacios públicos, a través de campañas o programas por los diferentes medios de comunicación, para que el ciudadano pueda entender, entre otras cosas, que las calles, plazas y demás, pertenecen a todos, por tanto, su accesibilidad tiene que ser irrestricta en todo momento, debiendo no ser invadidas bajo ningún pretexto injustificado.
Las instituciones son las que deben liderar un esfuerzo importante para dignificar estos lugares, junto a los propietarios (sobre todo comerciantes) que al sobreponer sus intereses lucrativos parecen no tener idea alguna de lo que esto significa.
La siguiente acción sería suprimir o mejorar la gran cantidad de barreras arquitectónicas existentes: rampas mal realizadas o la carencia de las mismas, desniveles abruptos, postes u otros elementos mal ubicados y más; así también, la erradicación de elementos peligrosos: restos metálicos punzantes, residuos o salientes de concreto, escalones inadecuados, “placas recordatorias” que políticos delirantes dejan como “única huella” de su paso, etc.
Un tercer elemento clave es la contaminación visual que debe ser, progresivamente, erradicada mediante reglas sencillas y claras, pero llevadas a cabo con firmeza y oportunidad. Esto evitaría la anarquía y arbitrariedad en la colocación de cientos de anuncios publicitarios, que alteran la morfología de las edificaciones y distorsionan el paisaje construido.
Es importante saber que para que una ciudad sea vista como tal, y no sea solo la sumatoria de un conglomerado de edificaciones, el concepto de espacios públicos debe ser comprendido con mayor amplitud y calidad. Dentro de este contexto, lo señalado son solo algunas pautas viables, que imperiosamente requieren todas las urbes peruanas, en estos momentos en que abundan los discursos de desarrollo y sostenibilidad.

lunes, 1 de abril de 2013

Solo 4. Edición 463, del 30 de MARZO de 2013. Año IX


LA CITA:

«Es cierto que tengo edad y tengo muchos años, las penas se quedaron detrás de mis ojos y mis manos jamás pudieron hacer nada (…) ¡Y no me mire así que nada le oculto! Vea el iris de mis ojos, ¿qué ve? Nada, ¿verdad? Estoy limpio como las sábanas de los hospitales, como los ojos desaparecidos de los muertos.»

María Teresa Zúñiga, Mades Medus

LO ÚLTIMO: Marzo: mes de reconocimientos a nuestros artistas

Pedro Gonzales recibiendo el reconocimiento “Joaquín López Antay 2013”.

Durante las festividades por el Mes de la Artesanía Peruana 2013, el Ministerio de Comercio Exterior y Turismo premió a uno de nuestros artistas más célebres: el cultor de la imaginería Pedro Gonzales Páucar, con el galardón “Joaquín López Antay 2013”, el pasado 21 de marzo. Con respecto a esta distinción, la Primera Vicepresidenta de la República, Marisol Espinoza, manifestó lo siguiente: «No solo valoramos y miramos a los artesanos, son una muestra del orgullo de nuestro legado (…) si reconocemos su trabajo en vida, podremos mantener éste y difundirlo de manera permanente (…) Ellos son el patrimonio de un país que avanza, de un país que se desarrolla».
Asimismo, el último 19 de marzo, el Ministerio de Cultura reconoció a Abel Beriche Macha, tallador de máscaras de Huacón, por su enorme aporte en la conservación y difusión de esta danza.
El principal objetivo de estos reconocimientos es «conmemorar y enaltecer la labor de los hombres y mujeres de todas las regiones de nuestro país, que se dedican a la actividad artesanal».
Otra de las alegrías en este mes, es el reconocimiento de nuestra dramaturga María Teresa Zúñiga, quien también recibió el título de Personalidad Meritoria de Cultura, el 27 de marzo, durante las celebraciones por el Día Mundial del Teatro. Felicidades a Pedro, Abel y María Teresa, son un orgullo para toda la región central del país.